De jovencilla creía que magia y mística eran la misma cosa. Utilizaba indistintamente esas palabras para pensar lo sobrenatural, la fantasía, el amor hacia eso que no entendemos, pues escapa a nuestros sentidos, etcétera. En verdad, no iba tan desencaminada. Muchos años, lecturas y sueños después, entendí que toda magia y toda mística nacen de nuestro gusto por las mitologías y los mundos de ficción, por la creencia desmesurada en la creación literaria y por la voluntad de jugar con las palabras hasta que estas nos atraviesen la carne, quién sabe si para darnos placer, o para unirnos a los otros, o para vencer al miedo a la muerte; o quizás para todo y nada de eso a la vez. La magia, entonces, como la mística, es la fe en la imaginación, esto es, en esa sustancia lenta y fantasiosa que nace de nuestras vísceras, aunque prenda como el fuego o nos arrastre como una ponientá.
De jovencilla creía que magia y mística eran la misma cosa. Utilizaba indistintamente esas palabras para pensar lo sobrenatural, la fantasía, el amor hacia eso que no entendemos, pues escapa a nuestros sentidos, etcétera. En verdad, no iba tan desencaminada. Muchos años, lecturas y sueños después, entendí que toda magia y toda mística nacen de nuestro gusto por las mitologías y los mundos de ficción, por la creencia desmesurada en la creación literaria y por la voluntad de jugar con las palabras hasta que estas nos atraviesen la carne, quién sabe si para darnos placer, o para unirnos a los otros, o para vencer al miedo a la muerte; o quizás para todo y nada de eso a la vez. La magia, entonces, como la mística, es la fe en la imaginación, esto es, en esa sustancia lenta y fantasiosa que nace de nuestras vísceras, aunque prenda como el fuego o nos arrastre como una ponientá. Seguir leyendo
De jovencilla creía que magia y mística eran la misma cosa. Utilizaba indistintamente esas palabras para pensar lo sobrenatural, la fantasía, el amor hacia eso que no entendemos, pues escapa a nuestros sentidos, etcétera. En verdad, no iba tan desencaminada. Muchos años, lecturas y sueños después, entendí que toda magia y toda mística nacen de nuestro gusto por las mitologías y los mundos de ficción, por la creencia desmesurada en la creación literaria y por la voluntad de jugar con las palabras hasta que estas nos atraviesen la carne, quién sabe si para darnos placer, o para unirnos a los otros, o para vencer al miedo a la muerte; o quizás para todo y nada de eso a la vez. La magia, entonces, como la mística, es la fe en la imaginación, esto es, en esa sustancia lenta y fantasiosa que nace de nuestras vísceras, aunque prenda como el fuego o nos arrastre como una ponientá.
