Era el verano de 2023, uno de esos días apacibles que raramente terminan registrados en la memoria a largo plazo, menos aún en las páginas impresas de un libro. Apretaba el calor en Madrid, lo habitual dadas las fechas, y Nerea Pérez de las Heras había quedado con su madre para pasar la tarde en un centro comercial. Entre los percheros donde colgaba la ropa rebajada puso el ojo en un vestido largo, de gasa negra con algunos detalles vistosos, y en un bañador de amplias franjas de colores. Se acercaban las vacaciones en la playa y, cuando llegó la hora, la periodista dobló aquella prenda de baño recién comprada y la guardó en la maleta. No imaginaba que, como dejaría escrito después, Menorca la esperaba “con las fauces abiertas”.
Era el verano de 2023, uno de esos días apacibles que raramente terminan registrados en la memoria a largo plazo, menos aún en las páginas impresas de un libro. Apretaba el calor en Madrid, lo habitual dadas las fechas, y Nerea Pérez de las Heras había quedado con su madre para pasar la tarde en un centro comercial. Entre los percheros donde colgaba la ropa rebajada puso el ojo en un vestido largo, de gasa negra con algunos detalles vistosos, y en un bañador de amplias franjas de colores. Se acercaban las vacaciones en la playa y, cuando llegó la hora, la periodista dobló aquella prenda de baño recién comprada y la guardó en la maleta. No imaginaba que, como dejaría escrito después, Menorca la esperaba “con las fauces abiertas”. Seguir leyendo
Era el verano de 2023, uno de esos días apacibles que raramente terminan registrados en la memoria a largo plazo, menos aún en las páginas impresas de un libro. Apretaba el calor en Madrid, lo habitual dadas las fechas, y Nerea Pérez de las Heras había quedado con su madre para pasar la tarde en un centro comercial. Entre los percheros donde colgaba la ropa rebajada puso el ojo en un vestido largo, de gasa negra con algunos detalles vistosos, y en un bañador de amplias franjas de colores. Se acercaban las vacaciones en la playa y, cuando llegó la hora, la periodista dobló aquella prenda de baño recién comprada y la guardó en la maleta. No imaginaba que, como dejaría escrito después, Menorca la esperaba “con las fauces abiertas”.
