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  cultura  Juan Villoro: Permiso para perder
cultura

Juan Villoro: Permiso para perder

marketingmarketing—6 de julio de 2026
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La selección mexicana jugó un partido que mereció ser visto de pie, y así fue como cayó.

Impulsado por un público vibrante, el Tri dominó de principio a fin. Lanzó 18 disparos a puerta por seis de Inglaterra y, sin embargo, acabó cayendo.

Dos contragolpes minaron las esperanzas mexicanas. No se trató de jugadas prodigiosas; simplemente, Inglaterra supo encontrar a la defensa descolocada y anotó dos goles que parecieron de entrenamiento. Lo mejor de México había sido el cuadro bajo, pero Inglaterra lo sometió a un baño de realidad.

El Tri disputó con enjundia en cada palmo de terreno. Lira fue espléndido en la recuperación de balones y de nuevo Quiñones y Jiménez mostraron su jerarquía de goleadores. Sin embargo, se necesitaba algo más.

Cuando Inglaterra se quedó con diez hombres, el empate pareció posible, pero sobrevino un dominio estéril. Mora y Quiñones salieron del campo, tal vez por desgaste físico. Lo cierto es que se trata de los únicos que intentan jugadas de pared. Sin ellos en el equipo, todo fue mandar centros inútiles a un área dominada por muy altos súbditos de la corona.

La gran paradoja es que Rangel, nuestro portero, tuvo una noche bastante tranquila. Casi no fue exigido, pero recibió tres goles. Inglaterra supo dosificar su pólvora.

¿Qué queda de esta aventura? En noviembre de 2025, Javier Aguirre recibió un regalo que cambiaría el estado de ánimo de un país. «El Loco» Bielsa le dio The Culture Code, de Daniel Coyle. El entrenador argentino pasará a la historia como un notable motivador de otros entrenadores. Hace casi veinte años preparó en Rosario un asado para Guardiola y le habló durante once horas de lo que significa ser técnico. Retirado como futbolista, Pep encontró en ese torrente verbal el mapa de sus futuras conquistas como estratega. Aguirre dijo alguna vez que cuando se retirara del futbol abriría una librería. Ha pospuesto ese momento, pero no deja de leer. Bielsa lo sabe y le dio un libro ideal para alguien que se atreve a valorar sus errores.

Coyle analiza el éxito de dinámicas grupales muy diversas: el equipo de basquetbol San Antonio Spurs, los guionistas y animadores de Pixar, las tropas de asalto de los Navy Seals e incluso una banda de ladrones de joyas. La fuerza de esos grupos depende de no ocultar sus debilidades. El líder no opera como alguien superior; admite con humildad sus dudas para que los demás aporten soluciones y reconforta a los que fallan.

Los códigos propuestos por Coyle ayudan a equipos que deben aprender de sus carencias. El Tri se prestaba para eso y de manera intuitiva Aguirre buscaba el modo de ponerlo en práctica.

Cuentan que, antes de un partido contra el Real Madrid, el «Cholo» Simeone dijo a sus jugadores: «Lo primero que debemos saber es que ellos son mejores. Por eso vamos a ganarles». La frase parece contradictoria, pero remite al viejo lema de sacar fuerza de flaqueza.

Fue lo que México logró en sus primeros partidos. La selección inglesa, que vale en el mercado siete veces más que la nuestra, era un reto de otro tipo.

Con todo, también ellos debían superar dificultades, comenzando por nuestros patrióticos 2,200 metros de altura, y por los descalabros que han sufrido en estas tierras. Nadie olvida el partido de hace cuarenta años, cuando fueron ultimados por Maradona en el Azteca. El portero Pickford tenía su propio hándicap: Raúl Jiménez le había anotado 12 goles en la liga inglesa; además, cuando defendía la portería de la selección sub-20, vino a México para que el portero de Canadá le metiera un gol casi desde su propia meta.

El partido fue un delirio económico. El Mundial ha tenido un vertiginoso proceso inflacionario.

La reventa de boletos para el Azteca alcanzaba precios de 90 mil a 200 mil pesos; algunas personas pagaron 20 mil pesos para trabajar de repartidores de cervezas, una compañía de helicópteros ofrecía viajes por 71 mil 500 pesos para llegar a Santa Úrsula.

El esfuerzo atlético por alcanzar al quinto partido era superado por el de entrar al estadio. Nunca el fútbol se sometió a una estratificación similar. Estamos ante una nueva variable social: la «economía del acceso». La franja más obvia son los millonarios, que eran esperados por guaruras en las inmediaciones del estadio. A uno de ellos le oíd decir: «Me conviene que gane México porque mis patrones se van al siguiente partido a Estados Unidos y yo descanso».

Un complejo sistema de intercambios permitió llenar las gradas con influencers, amigos de amigos, plutócratas vestidos como colados, oficinistas favorecidos por una rifa, herederos de la platea que la abuela compró por despiste en 1966.

El uniforme reglamentario de la masa era el verde, pero la Dance Cam individualizaba a la gente. El lema de esa cámara es el opuesto al de la fotografía: sólo el que se mueve sale en la imagen. La gente se contorsiona para que las pantallas gigantes del estadio le concedan celebridad exprés.

La esperanza, la decepción, la ilusión recobrada y la angustia terminal alteraron el ritmo cardiaco de millones de espectadores.

Durante el Mundial, la criminalidad había bajado en México el 33 por ciento. Cuesta trabajo aceptar que volveremos a la realidad.

La eliminación obliga a revisar los problemas estructurales de nuestro futbol. La liga MX tiene demasiados extranjeros, los torneos cortos impiden los planes a largo plazo, la eliminación del descenso frena la competitividad. Pero eso da dinero: mediocre en lo deportivo, el futbol mexicano es el más comercial del continente.

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Con el material de que dispuso, Javier Aguirre hizo un magnífico trabajo. Durante cuatro partidos nos autorizó a soñar y hasta el final dio una batalla sin cuartel. Sus logros no desaparecen con la derrota. La selección que nos representó ganó el derecho a muchas cosas; entre otras, a perder como lo hizo.

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La selección mexicana jugó un partido que mereció ser visto de pie, y así fue como cayó.

Impulsado por un público vibrante, el Tri dominó de principio a fin. Lanzó 18 disparos a puerta por seis de Inglaterra y, sin embargo, acabó cayendo.

Dos contragolpes minaron las esperanzas mexicanas. No se trató de jugadas prodigiosas; simplemente, Inglaterra supo encontrar a la defensa descolocada y anotó dos goles que parecieron de entrenamiento. Lo mejor de México había sido el cuadro bajo, pero Inglaterra lo sometió a un baño de realidad.

El Tri disputó con enjundia en cada palmo de terreno. Lira fue espléndido en la recuperación de balones y de nuevo Quiñones y Jiménez mostraron su jerarquía de goleadores. Sin embargo, se necesitaba algo más.

Cuando Inglaterra se quedó con diez hombres, el empate pareció posible, pero sobrevino un dominio estéril. Mora y Quiñones salieron del campo, tal vez por desgaste físico. Lo cierto es que se trata de los únicos que intentan jugadas de pared. Sin ellos en el equipo, todo fue mandar centros inútiles a un área dominada por muy altos súbditos de la corona.

La gran paradoja es que Rangel, nuestro portero, tuvo una noche bastante tranquila. Casi no fue exigido, pero recibió tres goles. Inglaterra supo dosificar su pólvora.

¿Qué queda de esta aventura? En noviembre de 2025, Javier Aguirre recibió un regalo que cambiaría el estado de ánimo de un país. «El Loco» Bielsa le dio The Culture Code, de Daniel Coyle. El entrenador argentino pasará a la historia como un notable motivador de otros entrenadores. Hace casi veinte años preparó en Rosario un asado para Guardiola y le habló durante once horas de lo que significa ser técnico. Retirado como futbolista, Pep encontró en ese torrente verbal el mapa de sus futuras conquistas como estratega. Aguirre dijo alguna vez que cuando se retirara del futbol abriría una librería. Ha pospuesto ese momento, pero no deja de leer. Bielsa lo sabe y le dio un libro ideal para alguien que se atreve a valorar sus errores.

Coyle analiza el éxito de dinámicas grupales muy diversas: el equipo de basquetbol San Antonio Spurs, los guionistas y animadores de Pixar, las tropas de asalto de los Navy Seals e incluso una banda de ladrones de joyas. La fuerza de esos grupos depende de no ocultar sus debilidades. El líder no opera como alguien superior; admite con humildad sus dudas para que los demás aporten soluciones y reconforta a los que fallan.

Los códigos propuestos por Coyle ayudan a equipos que deben aprender de sus carencias. El Tri se prestaba para eso y de manera intuitiva Aguirre buscaba el modo de ponerlo en práctica.

Cuentan que, antes de un partido contra el Real Madrid, el «Cholo» Simeone dijo a sus jugadores: «Lo primero que debemos saber es que ellos son mejores. Por eso vamos a ganarles». La frase parece contradictoria, pero remite al viejo lema de sacar fuerza de flaqueza.

Fue lo que México logró en sus primeros partidos. La selección inglesa, que vale en el mercado siete veces más que la nuestra, era un reto de otro tipo.

Con todo, también ellos debían superar dificultades, comenzando por nuestros patrióticos 2,200 metros de altura, y por los descalabros que han sufrido en estas tierras. Nadie olvida el partido de hace cuarenta años, cuando fueron ultimados por Maradona en el Azteca. El portero Pickford tenía su propio hándicap: Raúl Jiménez le había anotado 12 goles en la liga inglesa; además, cuando defendía la portería de la selección sub-20, vino a México para que el portero de Canadá le metiera un gol casi desde su propia meta.

El partido fue un delirio económico. El Mundial ha tenido un vertiginoso proceso inflacionario.

La reventa de boletos para el Azteca alcanzaba precios de 90 mil a 200 mil pesos; algunas personas pagaron 20 mil pesos para trabajar de repartidores de cervezas, una compañía de helicópteros ofrecía viajes por 71 mil 500 pesos para llegar a Santa Úrsula.

El esfuerzo atlético por alcanzar al quinto partido era superado por el de entrar al estadio. Nunca el fútbol se sometió a una estratificación similar. Estamos ante una nueva variable social: la «economía del acceso». La franja más obvia son los millonarios, que eran esperados por guaruras en las inmediaciones del estadio. A uno de ellos le oíd decir: «Me conviene que gane México porque mis patrones se van al siguiente partido a Estados Unidos y yo descanso».

Un complejo sistema de intercambios permitió llenar las gradas con influencers, amigos de amigos, plutócratas vestidos como colados, oficinistas favorecidos por una rifa, herederos de la platea que la abuela compró por despiste en 1966.

El uniforme reglamentario de la masa era el verde, pero la Dance Cam individualizaba a la gente. El lema de esa cámara es el opuesto al de la fotografía: sólo el que se mueve sale en la imagen. La gente se contorsiona para que las pantallas gigantes del estadio le concedan celebridad exprés.

La esperanza, la decepción, la ilusión recobrada y la angustia terminal alteraron el ritmo cardiaco de millones de espectadores.

Durante el Mundial, la criminalidad había bajado en México el 33 por ciento. Cuesta trabajo aceptar que volveremos a la realidad.

La eliminación obliga a revisar los problemas estructurales de nuestro futbol. La liga MX tiene demasiados extranjeros, los torneos cortos impiden los planes a largo plazo, la eliminación del descenso frena la competitividad. Pero eso da dinero: mediocre en lo deportivo, el futbol mexicano es el más comercial del continente.

Con el material de que dispuso, Javier Aguirre hizo un magnífico trabajo. Durante cuatro partidos nos autorizó a soñar y hasta el final dio una batalla sin cuartel. Sus logros no desaparecen con la derrota. La selección que nos representó ganó el derecho a muchas cosas; entre otras, a perder como lo hizo.

 Diario MX 

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