El año 1989, Fleur Jaeggy, la misteriosamente salvaje, críptica, genial escritora suiza que ha escrito siempre en italiano, publicó una novela que acabaría siendo su novela más famosa. ¿Su título? Los hermosos años del castigo (Tusquets). A menudo, su trama se liquida considerándolo un libro de internado —oh, chicas en un internado, ya saben, claustrofobia, ritos, mundo real por completo anulado— cuando sobre todo es una novela sobre el abismo que constituye el otro cuando se es, y el otro también, adolescente. Fíjense en la descripción que hace la narradora de su futura mejor amiga —o deseable amiga, su, se diría hoy, crush—: “Tenía quince años, los cabellos rígidos como cuchillas, brillantes, los ojos graves y fijos, sombreados. La nariz aguileña, los dientes, cuando reía, y reía poco, eran puntiagudos. Una hermosa frente alta donde podían tocarse los pensamientos, donde generaciones pasadas le habían transmitido talento, inteligencia, fascinación. No hablaba con nadie. La apariencia era la de un ídolo, despreciativa. Tal vez por eso deseé conquistarla. No tenía humanidad”.
El año 1989, Fleur Jaeggy, la misteriosamente salvaje, críptica, genial escritora suiza que ha escrito siempre en italiano, publicó una novela que acabaría siendo su novela más famosa. ¿Su título? Los hermosos años del castigo (Tusquets). A menudo, su trama se liquida considerándolo un libro de internado —oh, chicas en un internado, ya saben, claustrofobia, ritos, mundo real por completo anulado— cuando sobre todo es una novela sobre el abismo que constituye el otro cuando se es, y el otro también, adolescente. Fíjense en la descripción que hace la narradora de su futura mejor amiga —o deseable amiga, su, se diría hoy, crush—: “Tenía quince años, los cabellos rígidos como cuchillas, brillantes, los ojos graves y fijos, sombreados. La nariz aguileña, los dientes, cuando reía, y reía poco, eran puntiagudos. Una hermosa frente alta donde podían tocarse los pensamientos, donde generaciones pasadas le habían transmitido talento, inteligencia, fascinación. No hablaba con nadie. La apariencia era la de un ídolo, despreciativa. Tal vez por eso deseé conquistarla. No tenía humanidad”. Seguir leyendo
El año 1989, Fleur Jaeggy, la misteriosamente salvaje, críptica, genial escritora suiza que ha escrito siempre en italiano, publicó una novela que acabaría siendo su novela más famosa. ¿Su título? Los hermosos años del castigo (Tusquets). A menudo, su trama se liquida considerándolo un libro de internado —oh, chicas en un internado, ya saben, claustrofobia, ritos, mundo real por completo anulado— cuando sobre todo es una novela sobre el abismo que constituye el otro cuando se es, y el otro también, adolescente. Fíjense en la descripción que hace la narradora de su futura mejor amiga —o deseable amiga, su, se diría hoy, crush—: “Tenía quince años, los cabellos rígidos como cuchillas, brillantes, los ojos graves y fijos, sombreados. La nariz aguileña, los dientes, cuando reía, y reía poco, eran puntiagudos. Una hermosa frente alta donde podían tocarse los pensamientos, donde generaciones pasadas le habían transmitido talento, inteligencia, fascinación. No hablaba con nadie. La apariencia era la de un ídolo, despreciativa. Tal vez por eso deseé conquistarla. No tenía humanidad”.
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