La poesía es un artefacto desconcertante. No se sabe qué es —¿ficción, no ficción?—, ni qué hace que un poema sea un poema. A veces ni siquiera se entiende, pero emociona, y uno se pregunta: ¿qué pasó? Me gusta ese desconcierto, así que leo tanta poesía como puedo. A veces un poema me explica cosas que llevo años intentando entender. Me pasó el otro día. Viajo mucho por trabajo. Salvo en dos de las ciudades a las que voy a menudo, en las demás, cuando tengo un rato libre, caigo en desolación. Es como si la soledad, que siempre me gusta, en esos sitios se volviera tortuosa (nota al pie: una estadística personal nada confiable me dice que las mujeres que escribimos casi siempre viajamos a ferias y festivales sin nuestras parejas, pero que los hombres que escriben, en inmensa mayoría, viajan con sus mujeres; las explicaciones que encuentro a este fenómeno son antipáticas). Cuando intento transmitir este sentimiento a otras personas, digo que en esas ciudades tengo la sensación de que todos saben dónde ir, menos yo; que en ciertas ciudades bellísimas me encuentro caminando entre edificios bellísimos por calles bellísimas sin tener nadie a quien decirle: “Mirá qué lindo”. Pero el fondo de la cuestión sigue siendo misterioso. En esos sitios siento un desamparo inexplicable, puesto que nunca, en ninguna circunstancia, busco amparo. ¿Qué mecanismo se pone en marcha cuando vago por calles extranjeras entre personas que parecen saber exactamente hacia dónde dirigirse, con sus bolsas de compras y su zapatos adecuados y su gran determinación? Todo era enigmático hasta que el otro día me topé con este poema de Patricia Lockwood: “Being in another country is like / Being dead, you see how people / Go on without you”. Y entendí que lo que siento es precisamente eso: “Estar en otro país es como / estar muerto; ves cómo la gente / sigue adelante sin vos”. La solución del teorema en tres versos: no es desamparo, es un atisbo de la muerte.
Salvo en las dos ciudades a las que voy a menudo, en las demás, cuando tengo un rato libre, caigo en desolación
La poesía es un artefacto desconcertante. No se sabe qué es —¿ficción, no ficción?—, ni qué hace que un poema sea un poema. A veces ni siquiera se entiende, pero emociona, y uno se pregunta: ¿qué pasó? Me gusta ese desconcierto, así que leo tanta poesía como puedo. A veces un poema me explica cosas que llevo años intentando entender. Me pasó el otro día. Viajo mucho por trabajo. Salvo en dos de las ciudades a las que voy a menudo, en las demás, cuando tengo un rato libre, caigo en desolación. Es como si la soledad, que siempre me gusta, en esos sitios se volviera tortuosa (nota al pie: una estadística personal nada confiable me dice que las mujeres que escribimos casi siempre viajamos a ferias y festivales sin nuestras parejas, pero que los hombres que escriben, en inmensa mayoría, viajan con sus mujeres; las explicaciones que encuentro a este fenómeno son antipáticas). Cuando intento transmitir este sentimiento a otras personas, digo que en esas ciudades tengo la sensación de que todos saben dónde ir, menos yo; que en ciertas ciudades bellísimas me encuentro caminando entre edificios bellísimos por calles bellísimas sin tener nadie a quien decirle: “Mirá qué lindo”. Pero el fondo de la cuestión sigue siendo misterioso. En esos sitios siento un desamparo inexplicable, puesto que nunca, en ninguna circunstancia, busco amparo. ¿Qué mecanismo se pone en marcha cuando vago por calles extranjeras entre personas que parecen saber exactamente hacia dónde dirigirse, con sus bolsas de compras y su zapatos adecuados y su gran determinación? Todo era enigmático hasta que el otro día me topé con este poema de Patricia Lockwood: “Being in another country is like / Being dead, you see how people / Go on without you”. Y entendí que lo que siento es precisamente eso: “Estar en otro país es como / estar muerto; ves cómo la gente / sigue adelante sin vos”. La solución del teorema en tres versos: no es desamparo, es un atisbo de la muerte.
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