Un niño tiene desde muy pronto una percepción plástica del mundo, pero se tarda más en adquirir una plena conciencia estética: la sensación de estar contemplando algo que en sí mismo es bello y memorable, con independencia de cualquier utilidad o significado ulterior. Se abren de pronto los ojos y se ve plenamente lo que hay delante de ellos, en toda su complejidad y su riqueza, o en una sencillez que hasta entonces no se supo apreciar. La idea zen de la iluminación repentina, el satori, no alude a una visión mística o cegadora, sino a la simple constatación de lo que existe en un momento dado: sin niebla, sin ideas preconcebidas, sin la fatigosa intromisión de borboteos mentales y fantasías egocéntricas que suele calificarse de vida interior. El haiku, la fotografía, el boceto, son el ejemplo y el fruto de esa instantaneidad.
Un niño tiene desde muy pronto una percepción plástica del mundo, pero se tarda más en adquirir una plena conciencia estética: la sensación de estar contemplando algo que en sí mismo es bello y memorable, con independencia de cualquier utilidad o significado ulterior. Se abren de pronto los ojos y se ve plenamente lo que hay delante de ellos, en toda su complejidad y su riqueza, o en una sencillez que hasta entonces no se supo apreciar. La idea zen de la iluminación repentina, el satori, no alude a una visión mística o cegadora, sino a la simple constatación de lo que existe en un momento dado: sin niebla, sin ideas preconcebidas, sin la fatigosa intromisión de borboteos mentales y fantasías egocéntricas que suele calificarse de vida interior. El haiku, la fotografía, el boceto, son el ejemplo y el fruto de esa instantaneidad. Seguir leyendo
Un niño tiene desde muy pronto una percepción plástica del mundo, pero se tarda más en adquirir una plena conciencia estética: la sensación de estar contemplando algo que en sí mismo es bello y memorable, con independencia de cualquier utilidad o significado ulterior. Se abren de pronto los ojos y se ve plenamente lo que hay delante de ellos, en toda su complejidad y su riqueza, o en una sencillez que hasta entonces no se supo apreciar. La idea zen de la iluminación repentina, el satori, no alude a una visión mística o cegadora, sino a la simple constatación de lo que existe en un momento dado: sin niebla, sin ideas preconcebidas, sin la fatigosa intromisión de borboteos mentales y fantasías egocéntricas que suele calificarse de vida interior. El haiku, la fotografía, el boceto, son el ejemplo y el fruto de esa instantaneidad.
