Todo empezó con un flechazo. Prosper Assouline, miembro de una familia de empresarios judíos marroquíes, y su esposa, Martine, cuyo linaje se remonta a la corte de Luis XIV, cayeron enamorados de La Colombe d’Or, un pequeño hotel del sur de Francia. Entonces, a principios de los noventa, decidieron entrar en un mundo del que lo desconocían todo. Se lanzaron a la edición para publicar un objeto que reflejara su pasión por aquel rincón que, decorado con cuadros de Picasso y Matisse, les pareció el más bonito del mundo. “Buscamos una nueva forma de hacer libros. Muy visual”, comienza Martine, que se ocupó de los textos. “No queríamos que la gente se viera obligada a leer para entender. Sino que sintieran su aroma y luego dijeran, joder, esto es interesante”, remata Prosper, más centrado en las fotografías.
Todo empezó con un flechazo. Prosper Assouline, miembro de una familia de empresarios judíos marroquíes, y su esposa, Martine, cuyo linaje se remonta a la corte de Luis XIV, cayeron enamorados de La Colombe d’Or, un pequeño hotel del sur de Francia. Entonces, a principios de los noventa, decidieron entrar en un mundo del que lo desconocían todo. Se lanzaron a la edición para publicar un objeto que reflejara su pasión por aquel rincón que, decorado con cuadros de Picasso y Matisse, les pareció el más bonito del mundo. “Buscamos una nueva forma de hacer libros. Muy visual”, comienza Martine, que se ocupó de los textos. “No queríamos que la gente se viera obligada a leer para entender. Sino que sintieran su aroma y luego dijeran, joder, esto es interesante”, remata Prosper, más centrado en las fotografías. Seguir leyendo
Todo empezó con un flechazo. Prosper Assouline, miembro de una familia de empresarios judíos marroquíes, y su esposa, Martine, cuyo linaje se remonta a la corte de Luis XIV, cayeron enamorados de La Colombe d’Or, un pequeño hotel del sur de Francia. Entonces, a principios de los noventa, decidieron entrar en un mundo del que lo desconocían todo. Se lanzaron a la edición para publicar un objeto que reflejara su pasión por aquel rincón que, decorado con cuadros de Picasso y Matisse, les pareció el más bonito del mundo. “Buscamos una nueva forma de hacer libros. Muy visual”, comienza Martine, que se ocupó de los textos. “No queríamos que la gente se viera obligada a leer para entender. Sino que sintieran su aroma y luego dijeran, joder, esto es interesante”, remata Prosper, más centrado en las fotografías.
EL PAÍS
