Cegados por el neblumo de su discusión, Ella y Él van deshilando ramificaciones infinitas para llevarse la contraria, rebatirse e intercalar uno o dos silencios que parecen conciliatorios. La cosa empezó andando, pero la intensidad de ambas intenciones frenó los pasos y el paseo pasó a ser pódium ante un improvisado semicírculo de espectadores que no sólo prestamos oídos al debate, sino que pronto manifestamos abiertas inclinaciones y preferencias cambiantes sin que ninguno de los testigos se atreviera a intervenir o interrumpir el coloquio caliente entre Ella y Él.
EL PAÍS
Cegados por el neblumo de su discusión, Ella y Él van deshilando ramificaciones infinitas para llevarse la contraria, rebatirse e intercalar uno o dos silencios que parecen conciliatorios. La cosa empezó andando, pero la intensidad de ambas intenciones frenó los pasos y el paseo pasó a ser pódium ante un improvisado semicírculo de espectadores que no sólo prestamos oídos al debate, sino que pronto manifestamos abiertas inclinaciones y preferencias cambiantes sin que ninguno de los testigos se atreviera a intervenir o interrumpir el coloquio caliente entre Ella y Él.
Suave rapsodia que permite aclarar que en realidad Ella y Él no existen
