“Sólo cuando nos oprime la última hora sentimos que se va lo que no comprendimos que pasaba”, escribió Séneca. La vida, pensaba el filósofo cordobés, no es corta: antes bien, somos nosotros quienes la derrochamos y abreviamos. De allí que vivir sea una tarea que hemos de aprender toda la vida. Pero más importante aún, dirá el estoico, es “aprender a morir toda la vida”. Bajo esta misma convicción, filosofar no sería sino un aprender a morir, dirá Montaigne amparado en el Fedón de Platón.
EL PAÍS
“Sólo cuando nos oprime la última hora sentimos que se va lo que no comprendimos que pasaba”, escribió Séneca. La vida, pensaba el filósofo cordobés, no es corta: antes bien, somos nosotros quienes la derrochamos y abreviamos. De allí que vivir sea una tarea que hemos de aprender toda la vida. Pero más importante aún, dirá el estoico, es “aprender a morir toda la vida”. Bajo esta misma convicción, filosofar no sería sino un aprender a morir, dirá Montaigne amparado en el Fedón de Platón.
La muerte (tanto propia como ajena) es también nacimiento, siempre y cuando la aceptemos y abracemos. Pero para ello, debemos ser consciente de que habremos de sufrir
