Se ha escrito mucho sobre las mudanzas. No vengo yo aquí a loar sus inexistentes virtudes ni a desmentir lo que ya sabemos: el caos, el desorden, el no saber dónde ni cuándo. Pero sí me gustaría señalar que habitar lo que todavía no es una casa conlleva una pequeña alteración del orden del mundo. Durante un tiempo, las cosas dejan de estar donde les corresponde: las cucharas viven con las novelas, los jarrones esconden calcetines y los libros acaban dentro del microondas. De ese desorden nacen encuentros improbables que, en circunstancias normales, difícilmente llegarían a producirse.
Se ha escrito mucho sobre las mudanzas. No vengo yo aquí a loar sus inexistentes virtudes ni a desmentir lo que ya sabemos: el caos, el desorden, el no saber dónde ni cuándo. Pero sí me gustaría señalar que habitar lo que todavía no es una casa conlleva una pequeña alteración del orden del mundo. Durante un tiempo, las cosas dejan de estar donde les corresponde: las cucharas viven con las novelas, los jarrones esconden calcetines y los libros acaban dentro del microondas. De ese desorden nacen encuentros improbables que, en circunstancias normales, difícilmente llegarían a producirse. Seguir leyendo
Se ha escrito mucho sobre las mudanzas. No vengo yo aquí a loar sus inexistentes virtudes ni a desmentir lo que ya sabemos: el caos, el desorden, el no saber dónde ni cuándo. Pero sí me gustaría señalar que habitar lo que todavía no es una casa conlleva una pequeña alteración del orden del mundo. Durante un tiempo, las cosas dejan de estar donde les corresponde: las cucharas viven con las novelas, los jarrones esconden calcetines y los libros acaban dentro del microondas. De ese desorden nacen encuentros improbables que, en circunstancias normales, difícilmente llegarían a producirse.
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