Durante años me resistí con uñas y dientes a leer Open, la autobiografía de Andre Agassi. No consiguió vencer mi resistencia el hecho de que no la había escrito el gran tenista estadounidense sino J. R. Moehringer, autor de algún libro memorable; ni siquiera que, al publicarse, Alessandro Baricco escribiera: “Es el mejor libro que he leído en la última década”. Alguna vez he dicho que me gusta tanto el tenis que no leo libros sobre tenis; es una bobada: mucho más me gusta la literatura y me he pasado la vida leyendo libros sobre literatura (algunos de los cuales son en sí mismos, por cierto, excelente literatura). Por lo demás, el tema de un libro es lo de menos; cualquier tema es bueno para la literatura: el tema del Quijote —un viejo se cree un caballero andante tras pasarse la vida leyendo libros sobre caballeros andantes—, el de La metamorfosis —un hombre se despierta una mañana convertido en un monstruoso insecto— o el de En busca del tiempo perdido —Marcel se convierte en escritor— son banales o irrelevantes; pero esas tres novelas son tres de los mejores libros jamás escritos. En literatura, la forma es el fondo.
Durante años me resistí con uñas y dientes a leer Open, la autobiografía de Andre Agassi. No consiguió vencer mi resistencia el hecho de que no la había escrito el gran tenista estadounidense sino J. R. Moehringer, autor de algún libro memorable; ni siquiera que, al publicarse, Alessandro Baricco escribiera: “Es el mejor libro que he leído en la última década”. Alguna vez he dicho que me gusta tanto el tenis que no leo libros sobre tenis; es una bobada: mucho más me gusta la literatura y me he pasado la vida leyendo libros sobre literatura (algunos de los cuales son en sí mismos, por cierto, excelente literatura). Por lo demás, el tema de un libro es lo de menos; cualquier tema es bueno para la literatura: el tema del Quijote —un viejo se cree un caballero andante tras pasarse la vida leyendo libros sobre caballeros andantes—, el de La metamorfosis —un hombre se despierta una mañana convertido en un monstruoso insecto— o el de En busca del tiempo perdido —Marcel se convierte en escritor— son banales o irrelevantes; pero esas tres novelas son tres de los mejores libros jamás escritos. En literatura, la forma es el fondo. Seguir leyendo
Durante años me resistí con uñas y dientes a leer Open, la autobiografía de Andre Agassi. No consiguió vencer mi resistencia el hecho de que no la había escrito el gran tenista estadounidense sino J. R. Moehringer, autor de algún libro memorable; ni siquiera que, al publicarse, Alessandro Baricco escribiera: “Es el mejor libro que he leído en la última década”. Alguna vez he dicho que me gusta tanto el tenis que no leo libros sobre tenis; es una bobada: mucho más me gusta la literatura y me he pasado la vida leyendo libros sobre literatura (algunos de los cuales son en sí mismos, por cierto, excelente literatura). Por lo demás, el tema de un libro es lo de menos; cualquier tema es bueno para la literatura: el tema del Quijote —un viejo se cree un caballero andante tras pasarse la vida leyendo libros sobre caballeros andantes—, el de La metamorfosis —un hombre se despierta una mañana convertido en un monstruoso insecto— o el de En busca del tiempo perdido —Marcel se convierte en escritor— son banales o irrelevantes; pero esas tres novelas son tres de los mejores libros jamás escritos. En literatura, la forma es el fondo.
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