Si a mí me dijera Jesucristo “abandónalo todo y sígueme”, le preguntaría qué entendía por “todo” para averiguar si sabía de qué hablaba. “Todo”, la mayor parte de mi vida, ha sido un bolígrafo. Si Cristo adivinara que “todo” es un bolígrafo, creería sin género de duda que es el Hijo de Dios y le seguiría hasta la muerte. Pero aquí me ven, con el Bic a modo de escoplo, torturando una cuartilla, arañándola, ensuciándola, para obtener de ella una revelación. La revelación está en la tinta que ocupa los apenas cuatro dedos del capilar que se deja ver a través de la carcasa transparente (se trata de un Bic Cristal). Ahí, lo sé, hay un poema que no me acaba de salir, una obra maestra que se resiste a ser escrita. Escribo como quien se empeña en abrir una puerta que apenas cede unos milímetros. No es fe, ya es pura obstinación. El bolígrafo, sin prometer nada, responde. Hay días en los que la tinta se desliza con la suavidad de la seda y otros en los que se coagula, como si dudara. Aun así, no cejo, porque detenerse sería aceptar que el silencio ha ganado.
EL PAÍS
Si a mí me dijera Jesucristo “abandónalo todo y sígueme”, le preguntaría qué entendía por “todo” para averiguar si sabía de qué hablaba. “Todo”, la mayor parte de mi vida, ha sido un bolígrafo. Si Cristo adivinara que “todo” es un bolígrafo, creería sin género de duda que es el Hijo de Dios y le seguiría hasta la muerte. Pero aquí me ven, con el Bic a modo de escoplo, torturando una cuartilla, arañándola, ensuciándola, para obtener de ella una revelación. La revelación está en la tinta que ocupa los apenas cuatro dedos del capilar que se deja ver a través de la carcasa transparente (se trata de un Bic Cristal). Ahí, lo sé, hay un poema que no me acaba de salir, una obra maestra que se resiste a ser escrita. Escribo como quien se empeña en abrir una puerta que apenas cede unos milímetros. No es fe, ya es pura obstinación. El bolígrafo, sin prometer nada, responde. Hay días en los que la tinta se desliza con la suavidad de la seda y otros en los que se coagula, como si dudara. Aun así, no cejo, porque detenerse sería aceptar que el silencio ha ganado.
El bolígrafo, sin prometer nada, responde. Hay días en los que la tinta se desliza y otros en los que se coagula. Aun así, no cejo
