Kevin Warsh llegó a la presidencia de la Reserva Federal siendo un duro crítico del historial reciente del banco central en materia de inflación: más de cinco años por encima del objetivo del 2%.
Aún no ha detallado cómo abordaría la inflación de manera diferente. Sin embargo, ha convocado varios grupos de trabajo; uno de ellos examinará cómo la Fed «entiende y responde a los factores que impulsan la inflación». Las recomendaciones de sus tres líderes podrían brindar a Warsh la oportunidad de poner un nuevo sello a la forma en que el banco central aborda el aumento de los precios.
Será una ardua tarea. Los economistas, tanto dentro como fuera de la Fed, discrepan sobre qué provoca los repuntes inflacionarios y cuál es la mejor forma de monitorearlos y responder a ellos. La labor anterior de los integrantes del grupo sugiere que podrían recomendar que la política fiscal, la lucha contra las burbujas financieras y el seguimiento de la oferta monetaria jueguen un papel más importante en el enfoque de la Fed que en épocas recientes.
La Fed ha señalado que los grupos de trabajo «producirán hallazgos rigurosos» para la revisión de su comité de políticas, potencialmente para fines de año. Para que los miembros del grupo de trabajo convenzan a la Fed, quizás primero deban convencerse mutuamente: una tarea nada sencilla para estos economistas ilustres, pero ideológicamente diversos.
Greg Mankiw
Mankiw es quizás el miembro más conocido. Es profesor en la Universidad de Harvard desde hace mucho tiempo y autor de un libro de texto de economía de grandes ventas. Es considerado un líder de la escuela de pensamiento económico conocida como nuevo keynesianismo.
En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, los formuladores de políticas estaban convencidos, con base en la labor del economista británico John Maynard Keynes, de que un mayor gasto y menores tasas de interés impulsarían el empleo y el crecimiento al tiempo que elevarían la inflación, mientras que presupuestos más restrictivos y tasas más altas frenarían el crecimiento y moderarían la inflación.
Pero en la década de 1970, un episodio de alta inflación y lento crecimiento -conocido como estanflación- desacreditó las recetas keynesianas. Una vez que el público anticipa una mayor inflación, los salarios y los precios pueden ajustarse de tal manera que las políticas de estímulo ya no elevan la producción ni reducen el desempleo.
Los nuevos keynesianos, como Mankiw, adaptaron el modelo keynesiano para incorporar este fenómeno de expectativas, manteniendo al mismo tiempo la premisa de que, en el mundo real, los precios y los salarios se ajustan lentamente. Modificar precios y salarios puede ser complicado o estar sujeto a contratos, por lo que, en la práctica, los precios pueden mostrarse «tercos».
Este modelo sigue estando al meollo de cómo la mayoría de los banqueros centrales conciben el proceso inflacionario. Elevar las tasas de interés debilita la demanda y, con cierto desfase, frena la tendencia al alza de precios y salarios; reducir las tasas produce el efecto contrario. Las expectativas ancladas hacen a los precios y los salarios menos sensibles a las fluctuaciones en la demanda.
En el 2024, Mankiw ofreció más detalle de su opinión sobre la inflación. Aunque a corto plazo existe un toma y daca inevitable entre desempleo e inflación, dijo que no se trata de una perilla que la Reserva Federal pueda girar a su antojo.
Mankiw también comentó que ha empezado a ver con buenos ojos el estudio de la oferta monetaria (capturado vía agregados como M2) para comprender mejor las tendencias inflacionarias. Señaló que este indicador podría haber ofrecido señales tempranas del repunte inflacionario de la década del 2020.
Thomas Sargent
Economista académico ganador del Premio Nobel, Sargent contribuyó a derribar el modelo keynesiano original de la inflación.
Junto con otros economistas como Robert Lucas, Sargent realzó la importancia de las «expectativas racionales». Esa teoría sostiene que un banco central que mantiene sistemáticamente una política expansiva para fomentar el crecimiento descubrirá que la inflación futura ya ha sido considerada, resultando en precios más altos sin generar mayor empleo.
Algunos economistas creen que los bancos centrales poseen un enorme poder para dirigir la inflación, pero el trabajo de Sargent también ha puesto de relieve el papel que la política fiscal del Gobierno puede jugar en impulsar la inflación.
Sargent dice que si los Gobiernos pierden el control de sus finanzas, el panorama es sombrío. Junto con un coautor, utilizó «desagradable aritmética monetarista» para demostrar que si la población no cree que su Gobierno acabará recaudando suficientes impuestos para reembolsar la deuda, el banco central puede verse impotente para frenar la inflación. Así, elevar las tasas de interés sólo aumentaría la carga de la deuda pública y obligaría a imprimir aún más dinero. Eso da mucho qué pensar dada la creciente deuda federal de Estados Unidos.
William White
White ascendió por las filas de los bancos centrales de Reino Unido y Canadá, y posteriormente ocupó cargos muy altos en el Banco de Pagos Internacionales, que coordina la labor de los bancos centrales de todo el mundo, y en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), un grupo de 38 países.
Él reconoce tener opiniones contrarias a lo común respecto a la banca central. «Llevo varias décadas discrepando de las creencias ortodoxas sobre política monetaria», escribió en un reporte publicado en junio.
La mayoría de los bancos centrales considera importante prevenir las crisis financieras, pero lo ven como algo secundario a manejar la inflación y el empleo. Si el desempleo es elevado o la inflación demasiado baja, mantienen una política monetaria expansiva sin preocuparse demasiado por la reacción de los mercados. Si se forma una burbuja de activos y luego estalla, se ocupan de las consecuencias más tarde.
Sin embargo, a juicio de White, permitir que se formen y estallen burbujas financieras es el pecado original de la banca central. En la conferencia anual de la Reserva Federal en Jackson Hole celebrada en el 2003, él y un coautor advirtieron que un enfoque de no intervención podría generar desequilibrios financieros vulnerables a un colapso repentino. Para algunos, la crisis financiera del 2008 confirmó la tesis de White.
Las recomendaciones de White probablemente conducirían a una política monetaria más restrictiva que la que la Reserva Federal ha aplicado realmente en las últimas décadas. Eso se debe a que, de acuerdo con White, las autoridades deberían estar dispuestas a «contrarrestar los excesos crediticios» mediante tasas de interés más altas, incluso cuando ello empuje la inflación por debajo de la cifra objetivo y conduzca a recesiones más frecuentes, pero breves.
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Kevin Warsh llegó a la presidencia de la Reserva Federal siendo un duro crítico del historial reciente del banco central en materia de inflación: más de cinco años por encima del objetivo del 2%.
Aún no ha detallado cómo abordaría la inflación de manera diferente. Sin embargo, ha convocado varios grupos de trabajo; uno de ellos examinará cómo la Fed «entiende y responde a los factores que impulsan la inflación». Las recomendaciones de sus tres líderes podrían brindar a Warsh la oportunidad de poner un nuevo sello a la forma en que el banco central aborda el aumento de los precios.
Será una ardua tarea. Los economistas, tanto dentro como fuera de la Fed, discrepan sobre qué provoca los repuntes inflacionarios y cuál es la mejor forma de monitorearlos y responder a ellos. La labor anterior de los integrantes del grupo sugiere que podrían recomendar que la política fiscal, la lucha contra las burbujas financieras y el seguimiento de la oferta monetaria jueguen un papel más importante en el enfoque de la Fed que en épocas recientes.
La Fed ha señalado que los grupos de trabajo «producirán hallazgos rigurosos» para la revisión de su comité de políticas, potencialmente para fines de año. Para que los miembros del grupo de trabajo convenzan a la Fed, quizás primero deban convencerse mutuamente: una tarea nada sencilla para estos economistas ilustres, pero ideológicamente diversos.
Greg Mankiw
Mankiw es quizás el miembro más conocido. Es profesor en la Universidad de Harvard desde hace mucho tiempo y autor de un libro de texto de economía de grandes ventas. Es considerado un líder de la escuela de pensamiento económico conocida como nuevo keynesianismo.
En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, los formuladores de políticas estaban convencidos, con base en la labor del economista británico John Maynard Keynes, de que un mayor gasto y menores tasas de interés impulsarían el empleo y el crecimiento al tiempo que elevarían la inflación, mientras que presupuestos más restrictivos y tasas más altas frenarían el crecimiento y moderarían la inflación.
Pero en la década de 1970, un episodio de alta inflación y lento crecimiento -conocido como estanflación- desacreditó las recetas keynesianas. Una vez que el público anticipa una mayor inflación, los salarios y los precios pueden ajustarse de tal manera que las políticas de estímulo ya no elevan la producción ni reducen el desempleo.
Los nuevos keynesianos, como Mankiw, adaptaron el modelo keynesiano para incorporar este fenómeno de expectativas, manteniendo al mismo tiempo la premisa de que, en el mundo real, los precios y los salarios se ajustan lentamente. Modificar precios y salarios puede ser complicado o estar sujeto a contratos, por lo que, en la práctica, los precios pueden mostrarse «tercos».
Este modelo sigue estando al meollo de cómo la mayoría de los banqueros centrales conciben el proceso inflacionario. Elevar las tasas de interés debilita la demanda y, con cierto desfase, frena la tendencia al alza de precios y salarios; reducir las tasas produce el efecto contrario. Las expectativas ancladas hacen a los precios y los salarios menos sensibles a las fluctuaciones en la demanda.
En el 2024, Mankiw ofreció más detalle de su opinión sobre la inflación. Aunque a corto plazo existe un toma y daca inevitable entre desempleo e inflación, dijo que no se trata de una perilla que la Reserva Federal pueda girar a su antojo.
Mankiw también comentó que ha empezado a ver con buenos ojos el estudio de la oferta monetaria (capturado vía agregados como M2) para comprender mejor las tendencias inflacionarias. Señaló que este indicador podría haber ofrecido señales tempranas del repunte inflacionario de la década del 2020.
Thomas Sargent
Economista académico ganador del Premio Nobel, Sargent contribuyó a derribar el modelo keynesiano original de la inflación.
Junto con otros economistas como Robert Lucas, Sargent realzó la importancia de las «expectativas racionales». Esa teoría sostiene que un banco central que mantiene sistemáticamente una política expansiva para fomentar el crecimiento descubrirá que la inflación futura ya ha sido considerada, resultando en precios más altos sin generar mayor empleo.
Algunos economistas creen que los bancos centrales poseen un enorme poder para dirigir la inflación, pero el trabajo de Sargent también ha puesto de relieve el papel que la política fiscal del Gobierno puede jugar en impulsar la inflación.
Sargent dice que si los Gobiernos pierden el control de sus finanzas, el panorama es sombrío. Junto con un coautor, utilizó «desagradable aritmética monetarista» para demostrar que si la población no cree que su Gobierno acabará recaudando suficientes impuestos para reembolsar la deuda, el banco central puede verse impotente para frenar la inflación. Así, elevar las tasas de interés sólo aumentaría la carga de la deuda pública y obligaría a imprimir aún más dinero. Eso da mucho qué pensar dada la creciente deuda federal de Estados Unidos.
William White
White ascendió por las filas de los bancos centrales de Reino Unido y Canadá, y posteriormente ocupó cargos muy altos en el Banco de Pagos Internacionales, que coordina la labor de los bancos centrales de todo el mundo, y en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), un grupo de 38 países.
Él reconoce tener opiniones contrarias a lo común respecto a la banca central. «Llevo varias décadas discrepando de las creencias ortodoxas sobre política monetaria», escribió en un reporte publicado en junio.
La mayoría de los bancos centrales considera importante prevenir las crisis financieras, pero lo ven como algo secundario a manejar la inflación y el empleo. Si el desempleo es elevado o la inflación demasiado baja, mantienen una política monetaria expansiva sin preocuparse demasiado por la reacción de los mercados. Si se forma una burbuja de activos y luego estalla, se ocupan de las consecuencias más tarde.
Sin embargo, a juicio de White, permitir que se formen y estallen burbujas financieras es el pecado original de la banca central. En la conferencia anual de la Reserva Federal en Jackson Hole celebrada en el 2003, él y un coautor advirtieron que un enfoque de no intervención podría generar desequilibrios financieros vulnerables a un colapso repentino. Para algunos, la crisis financiera del 2008 confirmó la tesis de White.
Las recomendaciones de White probablemente conducirían a una política monetaria más restrictiva que la que la Reserva Federal ha aplicado realmente en las últimas décadas. Eso se debe a que, de acuerdo con White, las autoridades deberían estar dispuestas a «contrarrestar los excesos crediticios» mediante tasas de interés más altas, incluso cuando ello empuje la inflación por debajo de la cifra objetivo y conduzca a recesiones más frecuentes, pero breves.
Diario MX
