Dolly Parton fue famosa por construir una imagen poderosa, rubia y original.
Mucho antes de que el maximalismo se convirtiera en una palabra de moda, ella ya había entendido que, en cuestión de estilo, quedarse a medias era solo una pérdida de tiempo y oportunidades.
Su fórmula tenía de todo, como en botica: pelucas rubias monumentales, escotes pronunciados, tacones altísimos, uñas largas, vestidos ceñidos, flecos, mezclilla, botas, lentejuelas y, por supuesto, una cantidad de pedrería capaz de hacer competencia al propio «skyline» de Las Vegas.
«Dolly fue una de las principales precursoras del look western Made in USA, pero ella le imprimió su sello personal, todo más exagerado y más show creando toda una escuela para las cantantes, no sólo de country sino de muchas actuales que cultivan otros géneros», afirma el experto Marco Corral.
Su imagen nació en el rural universo vaquero de Tennessee, pero pronto lo trascendió.
«Ese western tradicional fue apenas el punto de partida. Utilizó camisas vaqueras, denim, bordados, cinturones, flecos y botas que mezcló con el glamour de Hollywood hasta producir algo que sólo ella podía usar. Ella misma hablaba de ‘Dolly-izar’ las prendas, es decir, tomar una pieza y llevarla a su territorio mediante brillo, color y ornamentación», agrega el experto.
Sus enormes pelucas no eran un accesorio secundario, sino parte fundamental de la arquitectura de su imagen. Rubias, altísimas, voluminosas y perfectamente peinadas, podían cambiar de forma y tamaño, pero nunca dejaban de llamar la atención.
La cantante comenzó a utilizarlas para evitar el daño que provocaban el decolorado y el crepé constante en su cabellera personal, pero terminó convirtiéndolas en una auténtica firma personal.
El resultado podía rozar lo kitsch, y precisamente ahí estaba su encanto. Dolly nunca quiso parecer discreta, ni especialmente sofisticada en el sentido convencional de la palabra.
«Siempre fue excesiva, abundante, de mucho color, de brillo y aún lo que podía ser considerado vulgar lo hacía poderosa y llamativa sobre todo con sus grandes pelucas llenas de laca. Allí estaba su poder precisamente», expresa el experto Antonio González de Cosío.
Así, ya sea con un vestido rosa cubierto de cristales, una silueta de sirena, unas plataformas imposibles y una melena que parecía desafiar la gravedad, ella nunca cultivó la máxima del «menos es más».
«Pero, considero que detrás de aquella exuberancia había algo mucho más interesante: una enorme conciencia de sí misma. Dolly sabía perfectamente que su apariencia era artificial y, lejos de esconderlo, convirtió eso en su gran poder», puntualiza González de Cosío.
Por eso su look resulta tan difícil de copiar. Se pueden comprar todos los elementos de su clóset pero ella los aderezaba con esa mezcla de humor, seguridad y exceso que hacía que todo pareciera natural en sus atuendos.
A veces, una mujer no necesita moderar la intensidad de su imagen. Necesita subirla, explotarla, hasta que logre captar todas las miradas y todas las luces del escenario.como la gran Dolly.
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Dolly Parton fue famosa por construir una imagen poderosa, rubia y original.
Mucho antes de que el maximalismo se convirtiera en una palabra de moda, ella ya había entendido que, en cuestión de estilo, quedarse a medias era solo una pérdida de tiempo y oportunidades.
Su fórmula tenía de todo, como en botica: pelucas rubias monumentales, escotes pronunciados, tacones altísimos, uñas largas, vestidos ceñidos, flecos, mezclilla, botas, lentejuelas y, por supuesto, una cantidad de pedrería capaz de hacer competencia al propio «skyline» de Las Vegas.
«Dolly fue una de las principales precursoras del look western Made in USA, pero ella le imprimió su sello personal, todo más exagerado y más show creando toda una escuela para las cantantes, no sólo de country sino de muchas actuales que cultivan otros géneros», afirma el experto Marco Corral.
Su imagen nació en el rural universo vaquero de Tennessee, pero pronto lo trascendió.
«Ese western tradicional fue apenas el punto de partida. Utilizó camisas vaqueras, denim, bordados, cinturones, flecos y botas que mezcló con el glamour de Hollywood hasta producir algo que sólo ella podía usar. Ella misma hablaba de ‘Dolly-izar’ las prendas, es decir, tomar una pieza y llevarla a su territorio mediante brillo, color y ornamentación», agrega el experto.
Sus enormes pelucas no eran un accesorio secundario, sino parte fundamental de la arquitectura de su imagen. Rubias, altísimas, voluminosas y perfectamente peinadas, podían cambiar de forma y tamaño, pero nunca dejaban de llamar la atención.
La cantante comenzó a utilizarlas para evitar el daño que provocaban el decolorado y el crepé constante en su cabellera personal, pero terminó convirtiéndolas en una auténtica firma personal.
El resultado podía rozar lo kitsch, y precisamente ahí estaba su encanto. Dolly nunca quiso parecer discreta, ni especialmente sofisticada en el sentido convencional de la palabra.
«Siempre fue excesiva, abundante, de mucho color, de brillo y aún lo que podía ser considerado vulgar lo hacía poderosa y llamativa sobre todo con sus grandes pelucas llenas de laca. Allí estaba su poder precisamente», expresa el experto Antonio González de Cosío.
Así, ya sea con un vestido rosa cubierto de cristales, una silueta de sirena, unas plataformas imposibles y una melena que parecía desafiar la gravedad, ella nunca cultivó la máxima del «menos es más».
«Pero, considero que detrás de aquella exuberancia había algo mucho más interesante: una enorme conciencia de sí misma. Dolly sabía perfectamente que su apariencia era artificial y, lejos de esconderlo, convirtió eso en su gran poder», puntualiza González de Cosío.
Por eso su look resulta tan difícil de copiar. Se pueden comprar todos los elementos de su clóset pero ella los aderezaba con esa mezcla de humor, seguridad y exceso que hacía que todo pareciera natural en sus atuendos.
A veces, una mujer no necesita moderar la intensidad de su imagen. Necesita subirla, explotarla, hasta que logre captar todas las miradas y todas las luces del escenario.como la gran Dolly.
Diario MX
