Juan Tamariz, fallecido este martes en Madrid, fue, para varias generaciones de españoles, la misma magia. Su presencia en la televisión pública, en un tiempo en que solo había un canal para ver, disparó su popularidad para la misma generación que vio a Gloria Fuertes o Un, dos, tres, responda otra vez. Fue —con su aspecto desgarbado, su melena gris y su simpatía a prueba de bomba— un entretenedor de inmenso carisma, aparte del mayor divulgador del ilusionismo en programas como Por arte de magia, Magia Potagia y Chantatachan. Quizá esa popularidad televisiva no dejó ver a su público que su importancia como mago tenía nivel internacional. Tamariz no solo aprendió de sus maestros —Dai Vernon, Slydini, Fred Kaps—, sino que se convirtió en uno de ellos.
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Juan Tamariz, fallecido este martes en Madrid, fue, para varias generaciones de españoles, la misma magia. Su presencia en la televisión pública, en un tiempo en que solo había un canal para ver, disparó su popularidad para la misma generación que vio a Gloria Fuertes o Un, dos, tres, responda otra vez. Fue —con su aspecto desgarbado, su melena gris y su simpatía a prueba de bomba— un entretenedor de inmenso carisma, aparte del mayor divulgador del ilusionismo en programas como Por arte de magia, Magia Potagia y Chantatachan. Quizá esa popularidad televisiva no dejó ver a su público que su importancia como mago tenía nivel internacional. Tamariz no solo aprendió de sus maestros —Dai Vernon, Slydini, Fred Kaps—, sino que se convirtió en uno de ellos.
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