En el otoño de 1897, con su esposa agonizando en Sant’Agata, medio sordo y con unas piernas que apenas lo sostenían, Giuseppe Verdi envió a su editor las últimas partituras que escribiría: las Cuatro piezas sacras. A Ricordi le confesó que lo hacía “con inmenso dolor”: mientras permanecían sobre su escritorio le parecían suyas; ahora ya no lo eran. Unos meses antes había escrito a una amiga que los grandes dolores no necesitan grandes expresiones, sino silencio, y que toda exterioridad es una profanación. El Te Deum parece escrito bajo esa convicción: un himno de coronaciones y victorias cuyo primer verso Verdi pronuncia con delicadeza y que desemboca en un final de asombrosa desnudez. La nota mi de los violines, suspendida en el cielo de su tesitura; a continuación, los violonchelos y contrabajos, sepultados en el infierno de la suya; y entre ambos la nada.
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En el otoño de 1897, con su esposa agonizando en Sant’Agata, medio sordo y con unas piernas que apenas lo sostenían, Giuseppe Verdi envió a su editor las últimas partituras que escribiría: las Cuatro piezas sacras. A Ricordi le confesó que lo hacía “con inmenso dolor”: mientras permanecían sobre su escritorio le parecían suyas; ahora ya no lo eran. Unos meses antes había escrito a una amiga que los grandes dolores no necesitan grandes expresiones, sino silencio, y que toda exterioridad es una profanación. El Te Deum parece escrito bajo esa convicción: un himno de coronaciones y victorias cuyo primer verso Verdi pronuncia con delicadeza y que desemboca en un final de asombrosa desnudez. La nota mi de los violines, suspendida en el cielo de su tesitura; a continuación, los violonchelos y contrabajos, sepultados en el infierno de la suya; y entre ambos la nada.
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