Un buen festival de música debería siempre aspirar a satisfacer al menos dos objetivos esenciales: descubrir obras nuevas o aún arrumbadas tras llevar yaciendo mudas durante décadas, o siglos, y dar a conocer a intérpretes aún poco o nada conocidos. Desde su creación en 1982, el Festival de Música Antigua de Utrecht ha cimentado su prestigio justamente a partir de esta premisa y no existe mejor escaparate para examinar cómo ha ido evolucionando la interpretación históricamente informada de la música antigua, y en qué direcciones ha ido ampliándose el repertorio de esos siglos para muchos oscuros, que repasar sus archivos. El domingo por la tarde, en la catedral, por ejemplo, confluyeron felizmente la consecución de uno y otro propósito: actuaba por primera vez en el festival un grupo vocal británico, The Marian Consort, que había construido su programa de presentación en torno al compositor —ignoto para casi todos—Vicente Lusitano, de quien, por no saber, hasta ignoramos su verdadero apellido (nació en Olivença, entonces portuguesa, en fecha también desconocida). El éxito fue tal, con todo el público que llenaba la catedral puesto en pie, que hasta los propios integrantes del grupo no podían ocultar sus caras de asombro, como si no se creyeran la explosión de entusiasmo que habían provocado. Pero el riesgo —a veces, no siempre— se ve recompensado.




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Un buen festival de música debería siempre aspirar a satisfacer al menos dos objetivos esenciales: descubrir obras nuevas o aún arrumbadas tras llevar yaciendo mudas durante décadas, o siglos, y dar a conocer a intérpretes aún poco o nada conocidos. Desde su creación en 1982, el Festival de Música Antigua de Utrecht ha cimentado su prestigio justamente a partir de esta premisa y no existe mejor escaparate para examinar cómo ha ido evolucionando la interpretación históricamente informada de la música antigua, y en qué direcciones ha ido ampliándose el repertorio de esos siglos para muchos oscuros, que repasar sus archivos. El domingo por la tarde, en la catedral, por ejemplo, confluyeron felizmente la consecución de uno y otro propósito: actuaba por primera vez en el festival un grupo vocal británico, The Marian Consort, que había construido su programa de presentación en torno al compositor —ignoto para casi todos—Vicente Lusitano, de quien, por no saber, hasta ignoramos su verdadero apellido (nació en Olivença, entonces portuguesa, en fecha también desconocida). El éxito fue tal, con todo el público que llenaba la catedral puesto en pie, que hasta los propios integrantes del grupo no podían ocultar sus caras de asombro, como si no se creyeran la explosión de entusiasmo que habían provocado. Pero el riesgo —a veces, no siempre— se ve recompensado.




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