
La editorial Espinas recupera la novela más autobiográfica de la escritora noruega, inédita hasta el momento en castellano
Pino Aprile, autor de ‘Elogio del error’: “Si el cristianismo nos convirtiera a todos en santos, la Iglesia dejaría de existir”
La noruega Sigrid Undset (Kalundborg, Dinamarca,1882-Lillehammer, Noruega, 1949) fue la tercera mujer galardonada con el Premio Nobel de Literatura, en 1928, después de la sueca Selma Lagerlöf (1909) y la italiana Grazia Deledda (1926). Pese a haber nacido en Dinamarca, su familia se trasladó pronto a Oslo, donde creció la futura escritora. Allí, su niñez estuvo marcada por la muerte temprana del padre, que sumió a la familia en las dificultades económicas. Undset tuvo que interrumpir sus estudios para trabajar, aunque no cejó en su empeño de escribir y consiguió una beca para formarse en Roma, donde conoció a su marido, el pintor noruego Anders Castus Svarstad (1869-1943).
En esa estancia en la capital italiana se basa su novela Jenny. Retrato de una mujer libre (1911; Espinas, 2024, trad. Lourdes Crespo Sánchez), que desde hace unos meses puede disfrutarse por fin en castellano. La autora es más conocida por su faceta histórica, sobre todo por Cristina, hija de Lavrans (1920-1922), una monumental trilogía ambientada en la Edad Media que sigue los pasos de una mujer; este año, la editorial Encuentro, que ya la había publicado hace años en edición de bolsillo, la ha reeditado en tres volúmenes en rústica con una tipografía más cómoda. Antes de lanzarse al pasado, no obstante, Undset escribió sobre las mujeres de su tiempo, y merece la pena detenerse en esa vertiente.
Jenny Winge es una joven pintora noruega que a principios del siglo XX disfruta de una estancia en Roma para dedicarse de lleno a su arte. Junto a su amiga Francesca Jahrman, vagan por la ciudad en busca de experiencias que nutran su creatividad y sacien esa sed de vida de la juventud. En una de esas conocen a un compatriota, Helge Gram, un recién llegado a la città eterna que, pese a fijarse primero en la llamativa y desenvuelta Cesca, estrechará su relación con la más discreta Jenny.

A partir de la figura de Jenny, que puede verse como el alter ego de la autora en muchos aspectos, Undset retrata a las mujeres contemporáneas en su búsqueda de emancipación: familiar –dos jóvenes solteras que pasan una temporada en Roma, lejos de sus familias–, profesional –tienen una vocación y es importante para ellas sentirse reconocidas en su trabajo–, económica –aspiran a ganarse la vida por sus propios medios, sin depender de nadie– y, no menos importante, emocional –sin cerrarse al amor, no quieren que una hipotética pareja o matrimonio las aparte de sus otras facetas, del arte en particular–.
En aquella época, las chicas como Jenny no dejaban de ser una minoría privilegiada, las que habían recibido una formación intelectual y artística que despertó en ellas el espíritu independiente. Sus preocupaciones iban en sintonía con el movimiento de la primera ola feminista, en cuyos debates participó la autora, y que culminó con el sufragio femenino en varios países. Undset capta esos vientos de cambio en su novela, y con ellos sus torbellinos, porque, como se puede suponer, el camino estaba lleno de obstáculos.
En los primeros capítulos, que ponen de relieve los contrastes entre las dos amigas, la protagonista parece recelar del amor: mientras que Cesca se entrega al coqueteo y a los placeres de la vida romana, Jenny tiene un carácter más introspectivo y prudente, es una trabajadora disciplinada que no quiere que nada perturbe sus horas en el taller. Se toma en serio a sí misma como artista, aunque sepa que aún le queda mucho por aprender, y esta actitud ya es un desafío al statu quo.
Sin embargo, no es una ermitaña, ni una misántropa; no se cierra en banda, aunque le dé más vueltas a todo que su colega. Se abre a Helge, y al principio las cosas parecen fluir, pero después de los días felices en Roma se topan con la realidad, una realidad en la que había pocos hombres dispuestos a aceptar a una mujer comprometida con su carrera y su arte: “No comparto esa pasión por tu trabajo, y siento celos. Ya ves, si no me convences de que lo soy todo para ti, no dejaré de sentir celos y tendré miedo a que un día me dejes por otro a quien ames más y te entienda mejor”.
Las relaciones tóxicas
Por desgracia, más de un siglo después las contrariedades que enfrenta Jenny siguen a la orden del día para muchas mujeres (y no solo en países donde carecen de unos derechos elementales). Tal vez ahora, en Occidente, no exista ese dilema entre la vida en pareja o la realización profesional en la juventud, pero ¿cuántas renuncian o postergan su carrera al convertirse en madres o para cuidar de los parientes mayores? La conciliación es aún un reto, por mucho que en lo ideológico el debate esté (más o menos) superado.
Más interesante todavía es su radiografía de lo que hoy se llamaría amor “tóxico”, con un Helge que mide el sentimiento en celos, exclusividad y sacrificio de la otra parte. La amiga de Jenny, por otro lado, tampoco se puede considerar paradigma de heroína para el feminismo; no todas tenían un compromiso con su obra tan fuerte como el de Jenny. En medio del conflicto, aparece el padre de Helge, que, a diferencia del hijo, con el que no se entiende desde hace tiempo, comprende bien a la muchacha porque comparte su sensibilidad artística, lo que termina por enturbiar más el malestar de la pareja.
La caída en desgracia de Jenny es una advertencia de que ni las buenas intenciones colectivas ni la firmeza individual bastan para garantizar un futuro cimentado en la igualdad de oportunidades
La novela, que se inscribe en la tradición del realismo, está contada al estilo clásico, con pulso para la narración, estructura en orden cronológico y unos personajes sólidos, de la protagonista al secundario menor. A la manera de una tragedia griega, la protagonista se ve atrapada en unas circunstancias adversas cuando se atreve a romper su rutina, vive su particular descenso a los infiernos –aunque no ponga nombres clínicos, se podría hablar también de salud mental, de depresión– y, a partir de ahí, la pregunta será cómo salir de nuevo a la superficie, cómo retomar sus propósitos vitales. Si es que aún puede.
Poco tiene que ver la Jenny terca e indomable del principio con la que se revela después de los acontecimientos, pero al fin y al cabo nadie sale incólume de la aventura de vivir, y a veces quien parece más fuerte puede perder pie, más aún en un mundo que es como una pista de obstáculos para las mujeres que se atreven a rebelarse al orden establecido. La caída en desgracia de Jenny es una llamada de atención, una advertencia de que ni las buenas intenciones colectivas ni la firmeza individual bastan para garantizar un futuro cimentado en la igualdad de oportunidades.
Por suerte, Sigrid Undset tuvo más fortuna (o tomó mejores decisiones, según se mire) que su personaje, y no solo no se achantó nunca –tampoco al denunciar la barbarie nazi, por la que perdió a un hijo tras la ocupación de Noruega, además de sufrir la prohibición de sus libros en las universidades bajo dominio nazi y verse obligada a exiliarse a Estados Unidos hasta el final de la guerra–, sino que dejó para la posteridad novelas tan ricas e interesantes, tan representativas de una época y sus contradicciones como Jenny. Dos mujeres, autora y personaje, dignas de descubrir, dignas de no olvidar.
La editorial Espinas recupera la novela más autobiográfica de la escritora noruega, inédita hasta el momento en castellanoPino Aprile, autor de ‘Elogio del error’: “Si el cristianismo nos convirtiera a todos en santos, la Iglesia dejaría de existir”
La noruega Sigrid Undset (Kalundborg, Dinamarca,1882-Lillehammer, Noruega, 1949) fue la tercera mujer galardonada con el Premio Nobel de Literatura, en 1928, después de la sueca Selma Lagerlöf (1909) y la italiana Grazia Deledda (1926). Pese a haber nacido en Dinamarca, su familia se trasladó pronto a Oslo, donde creció la futura escritora. Allí, su niñez estuvo marcada por la muerte temprana del padre, que sumió a la familia en las dificultades económicas. Undset tuvo que interrumpir sus estudios para trabajar, aunque no cejó en su empeño de escribir y consiguió una beca para formarse en Roma, donde conoció a su marido, el pintor noruego Anders Castus Svarstad (1869-1943).
En esa estancia en la capital italiana se basa su novela Jenny. Retrato de una mujer libre (1911; Espinas, 2024, trad. Lourdes Crespo Sánchez), que desde hace unos meses puede disfrutarse por fin en castellano. La autora es más conocida por su faceta histórica, sobre todo por Cristina, hija de Lavrans (1920-1922), una monumental trilogía ambientada en la Edad Media que sigue los pasos de una mujer; este año, la editorial Encuentro, que ya la había publicado hace años en edición de bolsillo, la ha reeditado en tres volúmenes en rústica con una tipografía más cómoda. Antes de lanzarse al pasado, no obstante, Undset escribió sobre las mujeres de su tiempo, y merece la pena detenerse en esa vertiente.
Jenny Winge es una joven pintora noruega que a principios del siglo XX disfruta de una estancia en Roma para dedicarse de lleno a su arte. Junto a su amiga Francesca Jahrman, vagan por la ciudad en busca de experiencias que nutran su creatividad y sacien esa sed de vida de la juventud. En una de esas conocen a un compatriota, Helge Gram, un recién llegado a la città eterna que, pese a fijarse primero en la llamativa y desenvuelta Cesca, estrechará su relación con la más discreta Jenny.
A partir de la figura de Jenny, que puede verse como el alter ego de la autora en muchos aspectos, Undset retrata a las mujeres contemporáneas en su búsqueda de emancipación: familiar –dos jóvenes solteras que pasan una temporada en Roma, lejos de sus familias–, profesional –tienen una vocación y es importante para ellas sentirse reconocidas en su trabajo–, económica –aspiran a ganarse la vida por sus propios medios, sin depender de nadie– y, no menos importante, emocional –sin cerrarse al amor, no quieren que una hipotética pareja o matrimonio las aparte de sus otras facetas, del arte en particular–.
En aquella época, las chicas como Jenny no dejaban de ser una minoría privilegiada, las que habían recibido una formación intelectual y artística que despertó en ellas el espíritu independiente. Sus preocupaciones iban en sintonía con el movimiento de la primera ola feminista, en cuyos debates participó la autora, y que culminó con el sufragio femenino en varios países. Undset capta esos vientos de cambio en su novela, y con ellos sus torbellinos, porque, como se puede suponer, el camino estaba lleno de obstáculos.
En los primeros capítulos, que ponen de relieve los contrastes entre las dos amigas, la protagonista parece recelar del amor: mientras que Cesca se entrega al coqueteo y a los placeres de la vida romana, Jenny tiene un carácter más introspectivo y prudente, es una trabajadora disciplinada que no quiere que nada perturbe sus horas en el taller. Se toma en serio a sí misma como artista, aunque sepa que aún le queda mucho por aprender, y esta actitud ya es un desafío al statu quo.
Sin embargo, no es una ermitaña, ni una misántropa; no se cierra en banda, aunque le dé más vueltas a todo que su colega. Se abre a Helge, y al principio las cosas parecen fluir, pero después de los días felices en Roma se topan con la realidad, una realidad en la que había pocos hombres dispuestos a aceptar a una mujer comprometida con su carrera y su arte: “No comparto esa pasión por tu trabajo, y siento celos. Ya ves, si no me convences de que lo soy todo para ti, no dejaré de sentir celos y tendré miedo a que un día me dejes por otro a quien ames más y te entienda mejor”.
Las relaciones tóxicas
Por desgracia, más de un siglo después las contrariedades que enfrenta Jenny siguen a la orden del día para muchas mujeres (y no solo en países donde carecen de unos derechos elementales). Tal vez ahora, en Occidente, no exista ese dilema entre la vida en pareja o la realización profesional en la juventud, pero ¿cuántas renuncian o postergan su carrera al convertirse en madres o para cuidar de los parientes mayores? La conciliación es aún un reto, por mucho que en lo ideológico el debate esté (más o menos) superado.
Más interesante todavía es su radiografía de lo que hoy se llamaría amor “tóxico”, con un Helge que mide el sentimiento en celos, exclusividad y sacrificio de la otra parte. La amiga de Jenny, por otro lado, tampoco se puede considerar paradigma de heroína para el feminismo; no todas tenían un compromiso con su obra tan fuerte como el de Jenny. En medio del conflicto, aparece el padre de Helge, que, a diferencia del hijo, con el que no se entiende desde hace tiempo, comprende bien a la muchacha porque comparte su sensibilidad artística, lo que termina por enturbiar más el malestar de la pareja.
La caída en desgracia de Jenny es una advertencia de que ni las buenas intenciones colectivas ni la firmeza individual bastan para garantizar un futuro cimentado en la igualdad de oportunidades
La novela, que se inscribe en la tradición del realismo, está contada al estilo clásico, con pulso para la narración, estructura en orden cronológico y unos personajes sólidos, de la protagonista al secundario menor. A la manera de una tragedia griega, la protagonista se ve atrapada en unas circunstancias adversas cuando se atreve a romper su rutina, vive su particular descenso a los infiernos –aunque no ponga nombres clínicos, se podría hablar también de salud mental, de depresión– y, a partir de ahí, la pregunta será cómo salir de nuevo a la superficie, cómo retomar sus propósitos vitales. Si es que aún puede.
Poco tiene que ver la Jenny terca e indomable del principio con la que se revela después de los acontecimientos, pero al fin y al cabo nadie sale incólume de la aventura de vivir, y a veces quien parece más fuerte puede perder pie, más aún en un mundo que es como una pista de obstáculos para las mujeres que se atreven a rebelarse al orden establecido. La caída en desgracia de Jenny es una llamada de atención, una advertencia de que ni las buenas intenciones colectivas ni la firmeza individual bastan para garantizar un futuro cimentado en la igualdad de oportunidades.
Por suerte, Sigrid Undset tuvo más fortuna (o tomó mejores decisiones, según se mire) que su personaje, y no solo no se achantó nunca –tampoco al denunciar la barbarie nazi, por la que perdió a un hijo tras la ocupación de Noruega, además de sufrir la prohibición de sus libros en las universidades bajo dominio nazi y verse obligada a exiliarse a Estados Unidos hasta el final de la guerra–, sino que dejó para la posteridad novelas tan ricas e interesantes, tan representativas de una época y sus contradicciones como Jenny. Dos mujeres, autora y personaje, dignas de descubrir, dignas de no olvidar.

La editorial Espinas recupera la novela más autobiográfica de la escritora noruega, inédita hasta el momento en castellano
Pino Aprile, autor de ‘Elogio del error’: “Si el cristianismo nos convirtiera a todos en santos, la Iglesia dejaría de existir”
La noruega Sigrid Undset (Kalundborg, Dinamarca,1882-Lillehammer, Noruega, 1949) fue la tercera mujer galardonada con el Premio Nobel de Literatura, en 1928, después de la sueca Selma Lagerlöf (1909) y la italiana Grazia Deledda (1926). Pese a haber nacido en Dinamarca, su familia se trasladó pronto a Oslo, donde creció la futura escritora. Allí, su niñez estuvo marcada por la muerte temprana del padre, que sumió a la familia en las dificultades económicas. Undset tuvo que interrumpir sus estudios para trabajar, aunque no cejó en su empeño de escribir y consiguió una beca para formarse en Roma, donde conoció a su marido, el pintor noruego Anders Castus Svarstad (1869-1943).
En esa estancia en la capital italiana se basa su novela Jenny. Retrato de una mujer libre (1911; Espinas, 2024, trad. Lourdes Crespo Sánchez), que desde hace unos meses puede disfrutarse por fin en castellano. La autora es más conocida por su faceta histórica, sobre todo por Cristina, hija de Lavrans (1920-1922), una monumental trilogía ambientada en la Edad Media que sigue los pasos de una mujer; este año, la editorial Encuentro, que ya la había publicado hace años en edición de bolsillo, la ha reeditado en tres volúmenes en rústica con una tipografía más cómoda. Antes de lanzarse al pasado, no obstante, Undset escribió sobre las mujeres de su tiempo, y merece la pena detenerse en esa vertiente.
Jenny Winge es una joven pintora noruega que a principios del siglo XX disfruta de una estancia en Roma para dedicarse de lleno a su arte. Junto a su amiga Francesca Jahrman, vagan por la ciudad en busca de experiencias que nutran su creatividad y sacien esa sed de vida de la juventud. En una de esas conocen a un compatriota, Helge Gram, un recién llegado a la città eterna que, pese a fijarse primero en la llamativa y desenvuelta Cesca, estrechará su relación con la más discreta Jenny.

A partir de la figura de Jenny, que puede verse como el alter ego de la autora en muchos aspectos, Undset retrata a las mujeres contemporáneas en su búsqueda de emancipación: familiar –dos jóvenes solteras que pasan una temporada en Roma, lejos de sus familias–, profesional –tienen una vocación y es importante para ellas sentirse reconocidas en su trabajo–, económica –aspiran a ganarse la vida por sus propios medios, sin depender de nadie– y, no menos importante, emocional –sin cerrarse al amor, no quieren que una hipotética pareja o matrimonio las aparte de sus otras facetas, del arte en particular–.
En aquella época, las chicas como Jenny no dejaban de ser una minoría privilegiada, las que habían recibido una formación intelectual y artística que despertó en ellas el espíritu independiente. Sus preocupaciones iban en sintonía con el movimiento de la primera ola feminista, en cuyos debates participó la autora, y que culminó con el sufragio femenino en varios países. Undset capta esos vientos de cambio en su novela, y con ellos sus torbellinos, porque, como se puede suponer, el camino estaba lleno de obstáculos.
En los primeros capítulos, que ponen de relieve los contrastes entre las dos amigas, la protagonista parece recelar del amor: mientras que Cesca se entrega al coqueteo y a los placeres de la vida romana, Jenny tiene un carácter más introspectivo y prudente, es una trabajadora disciplinada que no quiere que nada perturbe sus horas en el taller. Se toma en serio a sí misma como artista, aunque sepa que aún le queda mucho por aprender, y esta actitud ya es un desafío al statu quo.
Sin embargo, no es una ermitaña, ni una misántropa; no se cierra en banda, aunque le dé más vueltas a todo que su colega. Se abre a Helge, y al principio las cosas parecen fluir, pero después de los días felices en Roma se topan con la realidad, una realidad en la que había pocos hombres dispuestos a aceptar a una mujer comprometida con su carrera y su arte: “No comparto esa pasión por tu trabajo, y siento celos. Ya ves, si no me convences de que lo soy todo para ti, no dejaré de sentir celos y tendré miedo a que un día me dejes por otro a quien ames más y te entienda mejor”.
Las relaciones tóxicas
Por desgracia, más de un siglo después las contrariedades que enfrenta Jenny siguen a la orden del día para muchas mujeres (y no solo en países donde carecen de unos derechos elementales). Tal vez ahora, en Occidente, no exista ese dilema entre la vida en pareja o la realización profesional en la juventud, pero ¿cuántas renuncian o postergan su carrera al convertirse en madres o para cuidar de los parientes mayores? La conciliación es aún un reto, por mucho que en lo ideológico el debate esté (más o menos) superado.
Más interesante todavía es su radiografía de lo que hoy se llamaría amor “tóxico”, con un Helge que mide el sentimiento en celos, exclusividad y sacrificio de la otra parte. La amiga de Jenny, por otro lado, tampoco se puede considerar paradigma de heroína para el feminismo; no todas tenían un compromiso con su obra tan fuerte como el de Jenny. En medio del conflicto, aparece el padre de Helge, que, a diferencia del hijo, con el que no se entiende desde hace tiempo, comprende bien a la muchacha porque comparte su sensibilidad artística, lo que termina por enturbiar más el malestar de la pareja.
La caída en desgracia de Jenny es una advertencia de que ni las buenas intenciones colectivas ni la firmeza individual bastan para garantizar un futuro cimentado en la igualdad de oportunidades
La novela, que se inscribe en la tradición del realismo, está contada al estilo clásico, con pulso para la narración, estructura en orden cronológico y unos personajes sólidos, de la protagonista al secundario menor. A la manera de una tragedia griega, la protagonista se ve atrapada en unas circunstancias adversas cuando se atreve a romper su rutina, vive su particular descenso a los infiernos –aunque no ponga nombres clínicos, se podría hablar también de salud mental, de depresión– y, a partir de ahí, la pregunta será cómo salir de nuevo a la superficie, cómo retomar sus propósitos vitales. Si es que aún puede.
Poco tiene que ver la Jenny terca e indomable del principio con la que se revela después de los acontecimientos, pero al fin y al cabo nadie sale incólume de la aventura de vivir, y a veces quien parece más fuerte puede perder pie, más aún en un mundo que es como una pista de obstáculos para las mujeres que se atreven a rebelarse al orden establecido. La caída en desgracia de Jenny es una llamada de atención, una advertencia de que ni las buenas intenciones colectivas ni la firmeza individual bastan para garantizar un futuro cimentado en la igualdad de oportunidades.
Por suerte, Sigrid Undset tuvo más fortuna (o tomó mejores decisiones, según se mire) que su personaje, y no solo no se achantó nunca –tampoco al denunciar la barbarie nazi, por la que perdió a un hijo tras la ocupación de Noruega, además de sufrir la prohibición de sus libros en las universidades bajo dominio nazi y verse obligada a exiliarse a Estados Unidos hasta el final de la guerra–, sino que dejó para la posteridad novelas tan ricas e interesantes, tan representativas de una época y sus contradicciones como Jenny. Dos mujeres, autora y personaje, dignas de descubrir, dignas de no olvidar.
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