Empieza Jacobo García su libro Años luz en el frente de de Ucrania para contar que allí, en medio de la degradación más vil (la guerra declarada, la conversión del asesinato en “bajas”) sobreviven ciertos códigos: treguas por Pascua, intercambios de prisioneros, pactos insólitos. Lo contrapone el reportero de EL PAÍS a la violencia centroamericana; en un cuarto de Kramastork caen cada vez más cerca las bombas: una podría partirle en dos literalmente, pero no tiene miedo de que alguien abra la puerta y le pegue tres tiros, o se lleven a su compañera de piso para violarla. No quiere ser frívolo, dice: una guerra es una guerra, pero hay líneas rojas. Hasta en la moral más desorientada aparece un interruptor de luz que milagrosamente funciona. El gigantesco Orson Welles estaba dispuesto a empeorar sus películas por dar un papel a un amigo que no estaba tan preparado como otro; eso, cuenta en una entrevista, no se discute, y ya tendrá tiempo de arrepentirse después. Una pareja se abronca hasta que ella se coge de la cintura de él y le dice: si algún día nos casamos, ¿también me dirás esas cosas?; la pelea no empaña el futuro indiscutible. Hace unas semanas, desayunando en Lugo, fui abordado por un gorrilla. No le dejaban entrar en el café y quería comer, así que allá fui a comprarle un bocadillo de chorizo. En ese momento llegó el propietario del local con la policía a por él: el hombre tenía una orden de alejamiento de ese bar por sabe Dios qué escándalos o episodios. Me vi, claro, envuelto en un jaleo a gritos. “¿Usted quién es y por qué viene a comer chorizo delante de nosotros?”. Expliqué el caso. Y entregué, con permiso de la autoridad, el bocata. Me hicieron hasta una especie de pasillo para llegar al vagabundo: parecía que le iba a dar la Copa del Mundo. Desconocía el alcance de los delitos, pero el hecho de que el hombre tuviese hambre y se le diese comida, suspendía momentáneamente cualquier disputa. Una línea roja no es una línea mientras nadie se acerca a ella: sólo existe si alguien amenaza con cruzarla.
Empieza Jacobo García su libro Años luz en el frente de de Ucrania para contar que allí, en medio de la degradación más vil (la guerra declarada, la conversión del asesinato en “bajas”) sobreviven ciertos códigos: treguas por Pascua, intercambios de prisioneros, pactos insólitos. Lo contrapone el reportero de EL PAÍS a la violencia centroamericana; en un cuarto de Kramastork caen cada vez más cerca las bombas: una podría partirle en dos literalmente, pero no tiene miedo de que alguien abra la puerta y le pegue tres tiros, o se lleven a su compañera de piso para violarla. No quiere ser frívolo, dice: una guerra es una guerra, pero hay líneas rojas. Hasta en la moral más desorientada aparece un interruptor de luz que milagrosamente funciona. El gigantesco Orson Welles estaba dispuesto a empeorar sus películas por dar un papel a un amigo que no estaba tan preparado como otro; eso, cuenta en una entrevista, no se discute, y ya tendrá tiempo de arrepentirse después. Una pareja se abronca hasta que ella se coge de la cintura de él y le dice: si algún día nos casamos, ¿también me dirás esas cosas?; la pelea no empaña el futuro indiscutible. Hace unas semanas, desayunando en Lugo, fui abordado por un gorrilla. No le dejaban entrar en el café y quería comer, así que allá fui a comprarle un bocadillo de chorizo. En ese momento llegó el propietario del local con la policía a por él: el hombre tenía una orden de alejamiento de ese bar por sabe Dios qué escándalos o episodios. Me vi, claro, envuelto en un jaleo a gritos. “¿Usted quién es y por qué viene a comer chorizo delante de nosotros?”. Expliqué el caso. Y entregué, con permiso de la autoridad, el bocata. Me hicieron hasta una especie de pasillo para llegar al vagabundo: parecía que le iba a dar la Copa del Mundo. Desconocía el alcance de los delitos, pero el hecho de que el hombre tuviese hambre y se le diese comida, suspendía momentáneamente cualquier disputa. Una línea roja no es una línea mientras nadie se acerca a ella: sólo existe si alguien amenaza con cruzarla. Seguir leyendo
Empieza Jacobo García su libro Años luz en el frente de de Ucrania para contar que allí, en medio de la degradación más vil (la guerra declarada, la conversión del asesinato en “bajas”) sobreviven ciertos códigos: treguas por Pascua, intercambios de prisioneros, pactos insólitos. Lo contrapone el reportero de EL PAÍS a la violencia centroamericana; en un cuarto de Kramastork caen cada vez más cerca las bombas: una podría partirle en dos literalmente, pero no tiene miedo de que alguien abra la puerta y le pegue tres tiros, o se lleven a su compañera de piso para violarla. No quiere ser frívolo, dice: una guerra es una guerra, pero hay líneas rojas. Hasta en la moral más desorientada aparece un interruptor de luz que milagrosamente funciona. El gigantesco Orson Welles estaba dispuesto a empeorar sus películas por dar un papel a un amigo que no estaba tan preparado como otro; eso, cuenta en una entrevista, no se discute, y ya tendrá tiempo de arrepentirse después. Una pareja se abronca hasta que ella se coge de la cintura de él y le dice: si algún día nos casamos, ¿también me dirás esas cosas?; la pelea no empaña el futuro indiscutible. Hace unas semanas, desayunando en Lugo, fui abordado por un gorrilla. No le dejaban entrar en el café y quería comer, así que allá fui a comprarle un bocadillo de chorizo. En ese momento llegó el propietario del local con la policía a por él: el hombre tenía una orden de alejamiento de ese bar por sabe Dios qué escándalos o episodios. Me vi, claro, envuelto en un jaleo a gritos. “¿Usted quién es y por qué viene a comer chorizo delante de nosotros?”. Expliqué el caso. Y entregué, con permiso de la autoridad, el bocata. Me hicieron hasta una especie de pasillo para llegar al vagabundo: parecía que le iba a dar la Copa del Mundo. Desconocía el alcance de los delitos, pero el hecho de que el hombre tuviese hambre y se le diese comida, suspendía momentáneamente cualquier disputa. Una línea roja no es una línea mientras nadie se acerca a ella: sólo existe si alguien amenaza con cruzarla.
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