Leo el artículo de mi querida Nuria Labari en EL PAÍS del 26 de septiembre, “El genocidio en Gaza no es un debate de ideas”, y dado el impacto del titular y ser yo misma una de las firmantes del Manifiesto de los 350 (no 500, que es otro manifiesto brotado del anterior, porque la insoportable confrontación política en la que vivimos también alcanza a los manifiestos), digo que entre una cosa y otra me siento directamente interpelada y me gustaría seguir pensando sobre las opiniones vertidas por Labari en su artículo. Voy a intentarlo. Para empezar por algún lado, la autora propone un tercer manifiesto, por el momento unipersonal, pero según ella más “abierto e integrador”, con el siguiente enunciado: “Ningún escritor por el hecho de serlo, tiene derecho a humillar a las víctimas en sus posiciones públicas”. Ahora no pienso en Gaza —cualquiera con dos dedos de frente se da cuenta de la masacre que Israel está llevando a cabo en territorio palestino, pero esta no es la cuestión— , pienso en general: ¿qué es eso de dictar órdenes sobre los derechos y deberes que tiene un escritor? ¿qué es eso de determinar previamente, por decreto, lo que un autor puede y no puede decir en público? ¿y quién va a decidirlo? ¿será Nuria Labari quien dirija el tráfico de ideas como si fuera un código de circulación?
En un foro cultural las ideas, las creencias y las opiniones pueden y deben ser contrastadas
Leo el artículo de mi querida Nuria Labari en EL PAÍS del 26 de septiembre, “El genocidio en Gaza no es un debate de ideas”, y dado el impacto del titular y ser yo misma una de las firmantes del Manifiesto de los 350 (no 500, que es otro manifiesto brotado del anterior, porque la insoportable confrontación política en la que vivimos también alcanza a los manifiestos), digo que entre una cosa y otra me siento directamente interpelada y me gustaría seguir pensando sobre las opiniones vertidas por Labari en su artículo. Voy a intentarlo. Para empezar por algún lado, la autora propone un tercer manifiesto, por el momento unipersonal, pero según ella más “abierto e integrador”, con el siguiente enunciado: “Ningún escritor por el hecho de serlo, tiene derecho a humillar a las víctimas en sus posiciones públicas”. Ahora no pienso en Gaza —cualquiera con dos dedos de frente se da cuenta de la masacre que Israel está llevando a cabo en territorio palestino, pero esta no es la cuestión— , pienso en general: ¿qué es eso de dictar órdenes sobre los derechos y deberes que tiene un escritor? ¿qué es eso de determinar previamente, por decreto, lo que un autor puede y no puede decir en público? ¿y quién va a decidirlo? ¿será Nuria Labari quien dirija el tráfico de ideas como si fuera un código de circulación?
