De pronto la escena adquiría una inmovilidad de fotografía o de cuadro, de una de esas películas estáticas de principios de los años sesenta, en las que un grupo de personajes muy distintos y del todo aislados entre sí contemplan algo, o simbolizan la incomunicación o la alienación humana. Los colores se debilitaban como el papel fotográfico en un álbum antiguo. Elevada en su ladera sobre la desembocadura de la ría, la terraza de planchas de madera del hotel parecía proyectarse hacia el horizonte del oeste como la cubierta de un navío. Yo me quitaba las gafas de cartón y volvía la cara para observar al grupo de los espectadores del eclipse, uniformados en el antifaz preventivo y en la dirección de las miradas, aunque no en las posiciones corporales. Había quien se concentraba por completo en la observación y quien, sentado en una mesa con bebidas, se ocupaba de su cerveza o su gin-tonic y solo giraba el cuello para mantenerse al tanto del progreso demorado del eclipse. En un balcón de la última planta, perfilado contra una esquina del edificio, un hombre se inclinaba sobre el visor de un telescopio en una alerta ensimismada como de personaje de Edward Hopper. Delante del hotel de formas apasiadas y limpias, el azul de la piscina tenía ese brillo alegre de superficie plástica de las piscinas de David Hockney. Con las gafas puestas se veía una negrura sin matices de espacio profundo, en la que empezaba a dibujarse la hoz delgada y amarilla de un cuarto creciente mucho más pequeño que el de la Luna. Me las quitaba un momento, para contemplar una luz de atardecer acelerado, como velada por un tenue filtro de ceniza. Unos bañistas jóvenes se envolvían ateridos en las toallas, porque el aire estaba volviéndose frío, como si ya fuera de noche. Poco a poco las sombras de las cosas y de los cuerpos se perfilaban con menos precisión.
EL PAÍS
De pronto la escena adquiría una inmovilidad de fotografía o de cuadro, de una de esas películas estáticas de principios de los años sesenta, en las que un grupo de personajes muy distintos y del todo aislados entre sí contemplan algo, o simbolizan la incomunicación o la alienación humana. Los colores se debilitaban como el papel fotográfico en un álbum antiguo. Elevada en su ladera sobre la desembocadura de la ría, la terraza de planchas de madera del hotel parecía proyectarse hacia el horizonte del oeste como la cubierta de un navío. Yo me quitaba las gafas de cartón y volvía la cara para observar al grupo de los espectadores del eclipse, uniformados en el antifaz preventivo y en la dirección de las miradas, aunque no en las posiciones corporales. Había quien se concentraba por completo en la observación y quien, sentado en una mesa con bebidas, se ocupaba de su cerveza o su gin-tonic y solo giraba el cuello para mantenerse al tanto del progreso demorado del eclipse. En un balcón de la última planta, perfilado contra una esquina del edificio, un hombre se inclinaba sobre el visor de un telescopio en una alerta ensimismada como de personaje de Edward Hopper. Delante del hotel de formas apasiadas y limpias, el azul de la piscina tenía ese brillo alegre de superficie plástica de las piscinas de David Hockney. Con las gafas puestas se veía una negrura sin matices de espacio profundo, en la que empezaba a dibujarse la hoz delgada y amarilla de un cuarto creciente mucho más pequeño que el de la Luna. Me las quitaba un momento, para contemplar una luz de atardecer acelerado, como velada por un tenue filtro de ceniza. Unos bañistas jóvenes se envolvían ateridos en las toallas, porque el aire estaba volviéndose frío, como si ya fuera de noche. Poco a poco las sombras de las cosas y de los cuerpos se perfilaban con menos precisión.
Pensé en otro oscurecimiento del mundo conocido que presencié en Nueva York hace 25 años, trayéndonos lo que ya estamos viendo y lo que no sabemos que vendrá
