Voz, destellos, modulaciones, melodía; la claridad del agua, de la luz; fluidez deslizante; así sentí la lengua persa la primera vez que llegó a mis oídos. Fue a finales de 1990, cuando por azar entré en un teatro de Madrid donde esperaba ver a José Luis Gómez y me hallé en un concierto de música persa clásica. Al poco de escuchar lo que se me ofrecía, contrapuse el hecho a las palabras de María Zambrano “la música sostiene en el abismo a la palabra”. No, en este caso la palabra sostenía a la música. Y me dije: “Acontece como las ondas de agua en torno al preciso lugar en que la piedra la cruza al caer, remite al centro: va a albergarse en otro interior”.
Gracias a la belleza de la lengua persa me encontré con las voces de un pueblo que ansía ser libre
Voz, destellos, modulaciones, melodía; la claridad del agua, de la luz; fluidez deslizante; así sentí la lengua persa la primera vez que llegó a mis oídos. Fue a finales de 1990, cuando por azar entré en un teatro de Madrid donde esperaba ver a José Luis Gómez y me hallé en un concierto de música persa clásica. Al poco de escuchar lo que se me ofrecía, contrapuse el hecho a las palabras de María Zambrano “la música sostiene en el abismo a la palabra”. No, en este caso la palabra sostenía a la música. Y me dije: “Acontece como las ondas de agua en torno al preciso lugar en que la piedra la cruza al caer, remite al centro: va a albergarse en otro interior”.
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