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  Escritores  La asignatura pendiente de la docencia | Por Lourdes Justo Adán
Escritores

La asignatura pendiente de la docencia | Por Lourdes Justo Adán

marketingmarketing—14 de julio de 2026
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Siempre se ha hablado de la ética docente como de una cualidad imprescindible, aunque invisible; algo que se da por supuesto, como la vocación o la paciencia. Sin embargo, esta exigencia queda a criterio de la conciencia individual, como si bastara la buena intención para sostener tanta responsabilidad.

La educación se apoya sobre una compleja arquitectura, pero rara vez alguien se detiene a revisar si sus cimientos están bien trazados o si resisten el paso del tiempo y la influencia de las personas que nos desarrollamos entre sus paredes. He visto centros donde los pilares parecen firmes, hasta que una grieta mínima empieza a extenderse por sus muros.

He pasado suficientes años dentro de ellos y entiendo que nuestro esfuerzo gira en torno a proteger, acompañar y enseñar al alumnado. Pero también descubrí una hendidura poco nombrada e incómoda: la ética horizontal. La que regula cómo nos tratamos entre colegas cuando entra en escena algún tipo de asimetría.

Conviene aclararlo: no quiero decir que la conducta del profesorado no esté regulada. Lo está, y mucho: normativa legal, reglamentos internos, documentos administrativos… Pero no desde un código deontológico propio. No falta norma, sino una reflexión profunda acerca de algo esencial: el uso del liderazgo en todo el ecosistema educativo.

Cualquiera que haya trabajado en un centro educativo conoce ese magnetismo de la sala de profesores: un epicentro de risas y conversaciones compartidas. Sin embargo, dentro suele gestarse una jerarquía informal, un contrapoder atrincherado que se alimenta del rumor y la crítica. Esto ocurre porque no existe una frontera entre desempeño profesional y alianzas tácitas, permitiendo que una autoridad paralela se imponga, no por mérito, sino por el dictado de las filias y las fobias personales.

Por eso creo que a la docencia le falta otro pilar, uno que mire a los ojos a los responsables de educar. Esto implica entender que ni el cargo oficial eleva la autoridad moral de un directivo, ya que no es una corona, ni el carisma de pasillo justifica la erosión de nadie. La dignidad no la otorga el puesto ni la influencia: se construye cada día con respeto y responsabilidad.

Cuando este principio falta, aparecen las decisiones aleatorias, el miedo a disentir, los silencios forzados y cierto malestar. Pesa, y ese peso, tarde o temprano, llega al aula: un maestro herido no rinde igual. Porque cuando se fisura el andamiaje ético entre adultos, todo el sistema acaba resquebrajándose.

Por eso reivindicaría protección de las zonas ciegas de nuestra profesión. Un perímetro claro que regule el poder para que no se desborde ocupando espacios que pertenecen a los demás. Cuánto desgaste podríamos evitar si empezáramos si empezáramos a trazar fronteras éticas con la misma precisión que cultivamos nuestros conocimientos, entendiendo que la excelencia no reside en la hegemonía, sino en la buena gestión de nuestros propios límites

No escribo esto desde la teoría, sino desde la observación prolongada -tres décadas- de una profesión que exige una virtud altísima, casi heroica, pero que se protege muy poco a sí misma. Tal vez la pregunta no sea si el profesorado necesita un código deontológico propio, que, en mi opinión, es indudable. La pregunta incómoda es: ¿beneficia a alguien que no exista?

Lourdes Justo Adán - La asignatura pendiente de la docencia
Lourdes Justo Adán – La asignatura pendiente de la docencia

© 2026. Lourdes Justo Adán. Todos los derechos reservados.

Docente especialista en Educación Infantil, en Educación Primaria y en Pedagogía Terapéutica.

Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación.

Orientadora Escolar.

Escritora.

Coach de víctimas de maltrato psicológico.

https://lourdesjustoadan.blogspot.com

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 La ética docente no solo debería proteger al alumnado, sino también regular cómo se ejerce el poder entre compañeros. Tras tres décadas de experiencia, este texto denuncia las jerarquías informales, los silencios y el desgaste que nacen cuando faltan límites claros, y plantea una pregunta incómoda: ¿a quién beneficia que la docencia siga sin un código deontológico propio?
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Siempre se ha hablado de la ética docente como de una cualidad imprescindible, aunque invisible; algo que se da por supuesto, como la vocación o la paciencia. Sin embargo, esta exigencia queda a criterio de la conciencia individual, como si bastara la buena intención para sostener tanta responsabilidad.

La educación se apoya sobre una compleja arquitectura, pero rara vez alguien se detiene a revisar si sus cimientos están bien trazados o si resisten el paso del tiempo y la influencia de las personas que nos desarrollamos entre sus paredes. He visto centros donde los pilares parecen firmes, hasta que una grieta mínima empieza a extenderse por sus muros.

He pasado suficientes años dentro de ellos y entiendo que nuestro esfuerzo gira en torno a proteger, acompañar y enseñar al alumnado. Pero también descubrí una hendidura poco nombrada e incómoda: la ética horizontal. La que regula cómo nos tratamos entre colegas cuando entra en escena algún tipo de asimetría.

Conviene aclararlo: no quiero decir que la conducta del profesorado no esté regulada. Lo está, y mucho: normativa legal, reglamentos internos, documentos administrativos… Pero no desde un código deontológico propio. No falta norma, sino una reflexión profunda acerca de algo esencial: el uso del liderazgo en todo el ecosistema educativo.

Cualquiera que haya trabajado en un centro educativo conoce ese magnetismo de la sala de profesores: un epicentro de risas y conversaciones compartidas. Sin embargo, dentro suele gestarse una jerarquía informal, un contrapoder atrincherado que se alimenta del rumor y la crítica. Esto ocurre porque no existe una frontera entre desempeño profesional y alianzas tácitas, permitiendo que una autoridad paralela se imponga, no por mérito, sino por el dictado de las filias y las fobias personales.

Por eso creo que a la docencia le falta otro pilar, uno que mire a los ojos a los responsables de educar. Esto implica entender que ni el cargo oficial eleva la autoridad moral de un directivo, ya que no es una corona, ni el carisma de pasillo justifica la erosión de nadie. La dignidad no la otorga el puesto ni la influencia: se construye cada día con respeto y responsabilidad.

Cuando este principio falta, aparecen las decisiones aleatorias, el miedo a disentir, los silencios forzados y cierto malestar. Pesa, y ese peso, tarde o temprano, llega al aula: un maestro herido no rinde igual. Porque cuando se fisura el andamiaje ético entre adultos, todo el sistema acaba resquebrajándose.

Por eso reivindicaría protección de las zonas ciegas de nuestra profesión. Un perímetro claro que regule el poder para que no se desborde ocupando espacios que pertenecen a los demás. Cuánto desgaste podríamos evitar si empezáramos si empezáramos a trazar fronteras éticas con la misma precisión que cultivamos nuestros conocimientos, entendiendo que la excelencia no reside en la hegemonía, sino en la buena gestión de nuestros propios límites

No escribo esto desde la teoría, sino desde la observación prolongada -tres décadas- de una profesión que exige una virtud altísima, casi heroica, pero que se protege muy poco a sí misma. Tal vez la pregunta no sea si el profesorado necesita un código deontológico propio, que, en mi opinión, es indudable. La pregunta incómoda es: ¿beneficia a alguien que no exista?

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Docente especialista en Educación Infantil, en Educación Primaria y en Pedagogía Terapéutica.

Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación.

Orientadora Escolar.

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