En la ciudad de Buenos Aires, la capital de las 400 librerías, vive un tipo tremendamente literario. Se llama Roque, aunque casi todos lo llamen Tigre por la fiera que se tatuó a la espalda cuando era joven, el pelo largo atado con una hebilla y unos puños siempre listos para desafiar a quien se metiera con sus 1,60 metros. Hoy su pelo es plata, como el río porteño, y escaso como sus aguas. Pero el Tigre sigue rugiendo en esas pupilas que se encienden en el retrovisor a medida que cuenta su historia, la de ese hombre anónimo que cada vez que termina un libro se entrega al mismo ritual: cierra el ejemplar, lo envuelve en una bolsa de nailon, toma papel y bolígrafo y escribe una nota como esta: “Te dejo este libro para que te instruyas. Tal vez sea el único que leas en tu vida, pero dirás: leí un libro”.
En la ciudad de Buenos Aires, la capital de las 400 librerías, vive un tipo tremendamente literario. Se llama Roque, aunque casi todos lo llamen Tigre por la fiera que se tatuó a la espalda cuando era joven, el pelo largo atado con una hebilla y unos puños siempre listos para desafiar a quien se metiera con sus 1,60 metros. Hoy su pelo es plata, como el río porteño, y escaso como sus aguas. Pero el Tigre sigue rugiendo en esas pupilas que se encienden en el retrovisor a medida que cuenta su historia, la de ese hombre anónimo que cada vez que termina un libro se entrega al mismo ritual: cierra el ejemplar, lo envuelve en una bolsa de nailon, toma papel y bolígrafo y escribe una nota como esta: “Te dejo este libro para que te instruyas. Tal vez sea el único que leas en tu vida, pero dirás: leí un libro”. Seguir leyendo
En la ciudad de Buenos Aires, la capital de las 400 librerías, vive un tipo tremendamente literario. Se llama Roque, aunque casi todos lo llamen Tigre por la fiera que se tatuó a la espalda cuando era joven, el pelo largo atado con una hebilla y unos puños siempre listos para desafiar a quien se metiera con sus 1,60 metros. Hoy su pelo es plata, como el río porteño, y escaso como sus aguas. Pero el Tigre sigue rugiendo en esas pupilas que se encienden en el retrovisor a medida que cuenta su historia, la de ese hombre anónimo que cada vez que termina un libro se entrega al mismo ritual: cierra el ejemplar, lo envuelve en una bolsa de nailon, toma papel y bolígrafo y escribe una nota como esta: “Te dejo este libro para que te instruyas. Tal vez sea el único que leas en tu vida, pero dirás: leí un libro”.
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