La guerra se libra a miles de kilómetros de distancia, pero el golpe se siente cada mañana en las gasolineras de Estados Unidos. Mientras Donald Trump insiste en minimizar el impacto económico del conflicto con Irán y presume una economía “pujante” desde la Casa Blanca, millones de estadounidenses enfrentan una realidad mucho más áspera: llenar el tanque cuesta más, la comida sube de precio y el malestar comienza a traducirse en desgaste político.
El precio promedio de la gasolina alcanzó los 4.48 dólares por galón, un aumento de casi 50 por ciento desde el inicio de la guerra. El diésel superó los 5.64 dólares, encareciendo el transporte de mercancías y provocando una reacción en cadena que termina reflejada en supermercados, restaurantes y pequeños negocios. Todo ocurre mientras el estrecho de Ormuz, una de las rutas petroleras más importantes del planeta, permanece bajo tensión.
Trump ha intentado reducir la preocupación pública asegurando que los precios podrían “bajar sustancialmente” pronto. Sin embargo, en las calles la percepción es distinta. Familias que ya resentían la inflación ahora observan cómo el salario alcanza menos cada semana. El costo de la vida, tema central de su campaña, se ha convertido en uno de los puntos más frágiles de su administración.
El problema no es únicamente económico. Dentro de su propia base política comienzan a surgir críticas por la atención que el mandatario dedica a conflictos internacionales mientras la crisis doméstica se profundiza. Sectores del movimiento “Estados Unidos Primero” acusan que Trump ha perdido el foco y se ha alejado de las promesas de mejorar la vida cotidiana de los estadounidenses.
A pocos meses de las elecciones intermedias, las encuestas muestran una caída en su popularidad. La combinación entre guerra, inflación energética y mensajes desconectados de la realidad social amenaza con convertirse en el mayor costo político de su segundo mandato.
[#content_wordai]
La guerra se libra a miles de kilómetros de distancia, pero el golpe se siente cada mañana en las gasolineras de Estados Unidos. Mientras Donald Trump insiste en minimizar el impacto económico del conflicto con Irán y presume una economía “pujante” desde la Casa Blanca, millones de estadounidenses enfrentan una realidad mucho más áspera: llenar el tanque cuesta más, la comida sube de precio y el malestar comienza a traducirse en desgaste político.
El precio promedio de la gasolina alcanzó los 4.48 dólares por galón, un aumento de casi 50 por ciento desde el inicio de la guerra. El diésel superó los 5.64 dólares, encareciendo el transporte de mercancías y provocando una reacción en cadena que termina reflejada en supermercados, restaurantes y pequeños negocios. Todo ocurre mientras el estrecho de Ormuz, una de las rutas petroleras más importantes del planeta, permanece bajo tensión.
Trump ha intentado reducir la preocupación pública asegurando que los precios podrían “bajar sustancialmente” pronto. Sin embargo, en las calles la percepción es distinta. Familias que ya resentían la inflación ahora observan cómo el salario alcanza menos cada semana. El costo de la vida, tema central de su campaña, se ha convertido en uno de los puntos más frágiles de su administración.
El problema no es únicamente económico. Dentro de su propia base política comienzan a surgir críticas por la atención que el mandatario dedica a conflictos internacionales mientras la crisis doméstica se profundiza. Sectores del movimiento “Estados Unidos Primero” acusan que Trump ha perdido el foco y se ha alejado de las promesas de mejorar la vida cotidiana de los estadounidenses.
A pocos meses de las elecciones intermedias, las encuestas muestran una caída en su popularidad. La combinación entre guerra, inflación energética y mensajes desconectados de la realidad social amenaza con convertirse en el mayor costo político de su segundo mandato.
Diario MX
