
La ballena yace sobre una lona azul, a los pies de un camión cargado de hielo. Parece una escena banal en cualquier mercado coreano, hasta que cobra un aire de cine de género: hay rastros de sangre sobre el animal y su cuerpo pálido, vencido sobre el asfalto, imprime a la imagen una violencia sorda. No es extraño que detrás de la cámara se encuentre Park Chan-wook, el magistral director de Oldboy y Decision to Leave, que expone por primera vez en Europa su faceta como fotógrafo, atravesada por esa mezcla entre lo cotidiano y lo ominoso que caracteriza también a su cine. En sus imágenes, un ramo de flores parece asfixiarse dentro de una funda de plástico. La mano de un maniquí surge de un radiador. Y basta entornar los ojos para que una hilera de parasoles cerrados se convierta en una inquietante procesión de fantasmas.

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La ballena yace sobre una lona azul, a los pies de un camión cargado de hielo. Parece una escena banal en cualquier mercado coreano, hasta que cobra un aire de cine de género: hay rastros de sangre sobre el animal y su cuerpo pálido, vencido sobre el asfalto, imprime a la imagen una violencia sorda. No es extraño que detrás de la cámara se encuentre Park Chan-wook, el magistral director de Oldboy y Decision to Leave, que expone por primera vez en Europa su faceta como fotógrafo, atravesada por esa mezcla entre lo cotidiano y lo ominoso que caracteriza también a su cine. En sus imágenes, un ramo de flores parece asfixiarse dentro de una funda de plástico. La mano de un maniquí surge de un radiador. Y basta entornar los ojos para que una hilera de parasoles cerrados se convierta en una inquietante procesión de fantasmas.

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