Hay personajes que parecen incapaces de sostener una misma versión por mucho tiempo. En México, durante décadas, esa conducta se resumió con una frase del Chavo del 8: “como dice una cosa, dice otra”. La expresión, nacida de la comedia, hoy encuentra eco en la política de Donald Trump, cuyas declaraciones sobre México y el T-MEC vuelven a sembrar incertidumbre en una relación económica que exige certezas, no ocurrencias.
El presidente estadounidense aseguró ahora que renovar el acuerdo comercial con México y Canadá «no le importa» y afirmó que ambos países necesitan más a Estados Unidos que Estados Unidos a ellos. Sin embargo, durante años defendió el tratado como una herramienta para fortalecer la competitividad de Norteamérica y reemplazar al TLCAN. El contraste alimenta la percepción de un discurso que cambia con el contexto político.
Más allá de la estrategia electoral, esas declaraciones proyectan la imagen de un vecino impredecible. Quien un día presume la integración económica, al siguiente minimiza su importancia; quien exige cooperación comercial, después afirma que puede prescindir de ella. Para gobiernos, inversionistas y empresas, esa volatilidad se traduce en incertidumbre.
La vecindad obliga al diálogo, al respeto y a la confianza mutua. Cuando las palabras cambian con la misma rapidez que el cálculo político, la relación deja de parecer una alianza para convertirse en un terreno de dudas. Trump podrá insistir en que Estados Unidos no necesita a sus socios, pero la realidad económica demuestra una interdependencia difícil de ignorar. Como reza la vieja sentencia atribuida al político y periodista mexicano Nemesio García Naranjo “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.
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Hay personajes que parecen incapaces de sostener una misma versión por mucho tiempo. En México, durante décadas, esa conducta se resumió con una frase del Chavo del 8: “como dice una cosa, dice otra”. La expresión, nacida de la comedia, hoy encuentra eco en la política de Donald Trump, cuyas declaraciones sobre México y el T-MEC vuelven a sembrar incertidumbre en una relación económica que exige certezas, no ocurrencias.
El presidente estadounidense aseguró ahora que renovar el acuerdo comercial con México y Canadá «no le importa» y afirmó que ambos países necesitan más a Estados Unidos que Estados Unidos a ellos. Sin embargo, durante años defendió el tratado como una herramienta para fortalecer la competitividad de Norteamérica y reemplazar al TLCAN. El contraste alimenta la percepción de un discurso que cambia con el contexto político.
Más allá de la estrategia electoral, esas declaraciones proyectan la imagen de un vecino impredecible. Quien un día presume la integración económica, al siguiente minimiza su importancia; quien exige cooperación comercial, después afirma que puede prescindir de ella. Para gobiernos, inversionistas y empresas, esa volatilidad se traduce en incertidumbre.
La vecindad obliga al diálogo, al respeto y a la confianza mutua. Cuando las palabras cambian con la misma rapidez que el cálculo político, la relación deja de parecer una alianza para convertirse en un terreno de dudas. Trump podrá insistir en que Estados Unidos no necesita a sus socios, pero la realidad económica demuestra una interdependencia difícil de ignorar. Como reza la vieja sentencia atribuida al político y periodista mexicano Nemesio García Naranjo “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.
Diario MX
