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  cultura  Reseña de ‘La caída de la ballena’: en el vientre de la bestia
cultura

Reseña de ‘La caída de la ballena’: en el vientre de la bestia

marketingmarketing—26 de octubre de 2026
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La lista de películas que enfrentan a un hombre solitario a los peligros naturales de la Tierra, a menudo en entornos claustrofóbicos, es larga incluso en la historia reciente. Piensa en el personaje de Tom Hanks varado en una isla en Náufrago; Ryan Reynolds atrapado bajo tierra en Sepultado; un James Franco inmovilizado por una roca en 127 horas; o Robert Redford en el mar en Todo está perdido. Sin embargo, es probable que este subgénero nunca haya visto el giro que se le da en La caída de la ballena, la historia de un estudiante universitario que es succionado al sistema digestivo de un cachalote.

Jay (Austin Abrams, de Resident Evil: noche cero) se ha puesto un traje de buceo para buscar los restos de su padre, Mitt (Josh Brolin), quien murió un año antes. Mitt padecía mesotelioma y, como vemos en un prólogo, se lanzó al océano en lugar de expirar en una cama de hospital.

Mitt, un marino y buceador empedernido, era un padre severo. “¿Sabes que la existencia es algo más que divertirse?”, le dice con desdén a Jay en uno de muchos flashbacks. (Jay simplemente había expresado el deseo de ir a la celebración de cumpleaños de un amigo en Ocean World, un lugar que Mitt tacha de ser un “océano falso”). Vemos a Mitt reprender a su hijo adolescente por sus “pulmones blandos” y presionarlo para que beba de su amada Pabst Blue Ribbon; para relajarlo, dice, y convertirlo en algo que una “ballena pueda engullir fácilmente”.

Ahora aquí está Jay en el presente, atrapado dentro de una ballena, y resulta que cada consejo de supervivencia que le dio Mitt tendrá una aplicación perfecta. Aunque hay obvios paralelismos bíblicos entre Jay y Jonás, la ballena también funciona como una metáfora con múltiples capas sobre el peso del duelo. En cierto punto de su calvario, Jay comienza a hablar en voz alta con la ballena y su padre a la vez; parecen estar fusionados en su imaginación. Al responder, con la voz de Brolin, el papá-ballena se refiere a sí mismo como “nosotros”.

Sin embargo, también se puede argumentar que el estómago de la ballena es más bien una presencia materna, que evoca un canal de parto del que Jay debe emerger. O quizá el paso por la ballena represente una iniciación sexual. (Cuando el papá-ballena cuestiona a Jay sobre la vida universitaria, quiere saber si tiene una pareja romántica). Hay mucho que reflexionar durante La caída de la ballena más allá de la obvia pregunta de cómo logrará Jay salir de ahí.

Por desgracia, este es un caso en el que los equipos de diseño de producción, efectos visuales y sonido se han comprometido con su tarea, solo para ser decepcionados por un guion más bien simplón. El interior de la ballena es táctil y viscoso; prácticamente puedes sentir la humedad y la succión mientras Jay lucha por hacer espeleología adentro, o por compartir el espacio con un calamar gigante que también ha sido ingerido. La banda sonora está llena de los misteriosos y resonantes traqueteos de los chasquidos de las ballenas.

Pero el guion, coescrito por Daniel Kraus, autor de la bien valorada novela de 2023 en la que se basa la película, y el director, Brian Duffield, no han logrado eliminar todo el potencial para las risas involuntarias. La estructura de saltos temporales tiene una cualidad casi mecánica. Las discusiones entre Jay y Mitt llegan con una regularidad monótona, y cada enseñanza que Mitt le ha transmitido a Jay reaparece de la manera más literal imaginable.

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La lista de películas que enfrentan a un hombre solitario a los peligros naturales de la Tierra, a menudo en entornos claustrofóbicos, es larga incluso en la historia reciente. Piensa en el personaje de Tom Hanks varado en una isla en Náufrago; Ryan Reynolds atrapado bajo tierra en Sepultado; un James Franco inmovilizado por una roca en 127 horas; o Robert Redford en el mar en Todo está perdido. Sin embargo, es probable que este subgénero nunca haya visto el giro que se le da en La caída de la ballena, la historia de un estudiante universitario que es succionado al sistema digestivo de un cachalote.

Jay (Austin Abrams, de Resident Evil: noche cero) se ha puesto un traje de buceo para buscar los restos de su padre, Mitt (Josh Brolin), quien murió un año antes. Mitt padecía mesotelioma y, como vemos en un prólogo, se lanzó al océano en lugar de expirar en una cama de hospital.

Mitt, un marino y buceador empedernido, era un padre severo. “¿Sabes que la existencia es algo más que divertirse?”, le dice con desdén a Jay en uno de muchos flashbacks. (Jay simplemente había expresado el deseo de ir a la celebración de cumpleaños de un amigo en Ocean World, un lugar que Mitt tacha de ser un “océano falso”). Vemos a Mitt reprender a su hijo adolescente por sus “pulmones blandos” y presionarlo para que beba de su amada Pabst Blue Ribbon; para relajarlo, dice, y convertirlo en algo que una “ballena pueda engullir fácilmente”.

Ahora aquí está Jay en el presente, atrapado dentro de una ballena, y resulta que cada consejo de supervivencia que le dio Mitt tendrá una aplicación perfecta. Aunque hay obvios paralelismos bíblicos entre Jay y Jonás, la ballena también funciona como una metáfora con múltiples capas sobre el peso del duelo. En cierto punto de su calvario, Jay comienza a hablar en voz alta con la ballena y su padre a la vez; parecen estar fusionados en su imaginación. Al responder, con la voz de Brolin, el papá-ballena se refiere a sí mismo como “nosotros”.

Sin embargo, también se puede argumentar que el estómago de la ballena es más bien una presencia materna, que evoca un canal de parto del que Jay debe emerger. O quizá el paso por la ballena represente una iniciación sexual. (Cuando el papá-ballena cuestiona a Jay sobre la vida universitaria, quiere saber si tiene una pareja romántica). Hay mucho que reflexionar durante La caída de la ballena más allá de la obvia pregunta de cómo logrará Jay salir de ahí.

Por desgracia, este es un caso en el que los equipos de diseño de producción, efectos visuales y sonido se han comprometido con su tarea, solo para ser decepcionados por un guion más bien simplón. El interior de la ballena es táctil y viscoso; prácticamente puedes sentir la humedad y la succión mientras Jay lucha por hacer espeleología adentro, o por compartir el espacio con un calamar gigante que también ha sido ingerido. La banda sonora está llena de los misteriosos y resonantes traqueteos de los chasquidos de las ballenas.

Pero el guion, coescrito por Daniel Kraus, autor de la bien valorada novela de 2023 en la que se basa la película, y el director, Brian Duffield, no han logrado eliminar todo el potencial para las risas involuntarias. La estructura de saltos temporales tiene una cualidad casi mecánica. Las discusiones entre Jay y Mitt llegan con una regularidad monótona, y cada enseñanza que Mitt le ha transmitido a Jay reaparece de la manera más literal imaginable.

El poco envidiable trabajo de Abrams requiere que exprese sus emociones en primeros planos con los ojos muy abiertos y que enuncie a través de una boquilla de oxígeno, tareas que pocos actores podrían lograr sin verse ridículos. Es un desafío que hunde a la estrella.

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