Hay un instante en El caballero de la rosa, de Richard Strauss, en que el tiempo parece detenerse. La Mariscala se mira al espejo, recuerda a la muchacha que fue y comprende, sin aspavientos, que la juventud se le escapa. Felicity Lott —Flott para sus colegas y amigos— cantó ese monólogo del primer acto como ninguna otra soprano de su generación: con contención, ironía y una melancolía sin lágrimas, en ese punto exacto entre la elegancia y la aceptación que parecía escrito para ella. Su interpretación quedó fijada en la filmación vienesa de 1994 dirigida por Carlos Kleiber. Y el público madrileño difícilmente olvidará su debut en el Teatro Real con ese personaje, en marzo de 2000.
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Hay un instante en El caballero de la rosa, de Richard Strauss, en que el tiempo parece detenerse. La Mariscala se mira al espejo, recuerda a la muchacha que fue y comprende, sin aspavientos, que la juventud se le escapa. Felicity Lott —Flott para sus colegas y amigos— cantó ese monólogo del primer acto como ninguna otra soprano de su generación: con contención, ironía y una melancolía sin lágrimas, en ese punto exacto entre la elegancia y la aceptación que parecía escrito para ella. Su interpretación quedó fijada en la filmación vienesa de 1994 dirigida por Carlos Kleiber. Y el público madrileño difícilmente olvidará su debut en el Teatro Real con ese personaje, en marzo de 2000.
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