Fui invitada a dar una charla en un centro de justicia juvenil. No sabía lo que me encontraría en el aula. Nunca sabes, claro. Escribir es llenar un montón de páginas con lo que se te va ocurriendo y el modo en que llega a los lectores forma parte del misterio de ese vínculo tan íntimo y a la vez tan lejano en el espacio que se establece entre la consciencia que crea y la que recibe lo creado. Después de tres largas décadas juntando letras, todavía me sorprende que otro ser humano pueda querer leer algo mío, no por falsa modestia sino porque el caudal de libros disponible es infinito. Aunque no en todos lados ni en todas las casas.
EL PAÍS
Fui invitada a dar una charla en un centro de justicia juvenil. No sabía lo que me encontraría en el aula. Nunca sabes, claro. Escribir es llenar un montón de páginas con lo que se te va ocurriendo y el modo en que llega a los lectores forma parte del misterio de ese vínculo tan íntimo y a la vez tan lejano en el espacio que se establece entre la consciencia que crea y la que recibe lo creado. Después de tres largas décadas juntando letras, todavía me sorprende que otro ser humano pueda querer leer algo mío, no por falsa modestia sino porque el caudal de libros disponible es infinito. Aunque no en todos lados ni en todas las casas.
Es una lotería encontrarte con quien te cuida y te protege, muchas veces también una víctima
