Disculpen la modestia: el otro día amasé un pan extraordinario. Esperé con paciencia a que la levadura se alimentara, puse la cantidad exacta de materia grasa, usé más agua de la habitual. Amasé despacio, hundiendo los dedos en esa criatura que crecía como un ser vivo. Lo tapé con cuidado, lo puse en un sitio donde le gusta crecer con virtud. Después me fui a correr. Estábamos a cinco grados en Buenos Aires y yo venía de un Madrid a treinta y tres. Corrí con pies ligeros en torno al cementerio de mi barrio. Vi pocas personas, pocos autos. El único sonido era el de mis zapatillas en el pavimento, un ruido limpio, transparente, lleno de soledad. Sentía una exaltación infantil, boba, porque era una exaltación que venía de ninguna parte, venía sin motivo. No sucedía nada extraordinario, no iba a suceder. Al regresar, el pan había crecido. Lo dejé tranquilo un rato mientras leía fragmentos de La Ilíada (aunque prefiero La Odisea). La enumeración de las naves, la batalla entre Aquiles y Héctor, el glorioso festín funeral, la frase con que termina el libro, que no leo con el cerebro sino, como decía Nabokov, “con la espina dorsal”, y que dice: “Se honró de esta manera a Héctor, el domador de caballos”. Al terminar, volví a amasar el pan, encendí el horno a fuego fuerte, dispuse la masa en una bandeja, le hice cortes en la superficie, la espolvoreé con harina, la metí al horno y esperé. La casa se llenó del aroma de lo que no existía y de pronto existe. Veinticinco minutos más tarde, ahí estaba: el pan extraordinario. Yo ni siquiera como pan, amaso el pan para otro, para otros. Es mi ofrenda, mi celebración. Quizás nunca vuelva a amasar un pan así, con esa placidez que no necesita ninguna cosa, con la cabeza perdida en la levadura, el esfuerzo físico y la Aurora de dedos de rosa cantada por Homero. Pero, como dice ese poema terrible de Carlos Drummond de Andrade: “De todo queda un poco (…) A veces un botón. A veces una rata”.
EL PAÍS
Disculpen la modestia: el otro día amasé un pan extraordinario. Esperé con paciencia a que la levadura se alimentara, puse la cantidad exacta de materia grasa, usé más agua de la habitual. Amasé despacio, hundiendo los dedos en esa criatura que crecía como un ser vivo. Lo tapé con cuidado, lo puse en un sitio donde le gusta crecer con virtud. Después me fui a correr. Estábamos a cinco grados en Buenos Aires y yo venía de un Madrid a treinta y tres. Corrí con pies ligeros en torno al cementerio de mi barrio. Vi pocas personas, pocos autos. El único sonido era el de mis zapatillas en el pavimento, un ruido limpio, transparente, lleno de soledad. Sentía una exaltación infantil, boba, porque era una exaltación que venía de ninguna parte, venía sin motivo. No sucedía nada extraordinario, no iba a suceder. Al regresar, el pan había crecido. Lo dejé tranquilo un rato mientras leía fragmentos de La Ilíada (aunque prefiero La Odisea). La enumeración de las naves, la batalla entre Aquiles y Héctor, el glorioso festín funeral, la frase con que termina el libro, que no leo con el cerebro sino, como decía Nabokov, “con la espina dorsal”, y que dice: “Se honró de esta manera a Héctor, el domador de caballos”. Al terminar, volví a amasar el pan, encendí el horno a fuego fuerte, dispuse la masa en una bandeja, le hice cortes en la superficie, la espolvoreé con harina, la metí al horno y esperé. La casa se llenó del aroma de lo que no existía y de pronto existe. Veinticinco minutos más tarde, ahí estaba: el pan extraordinario. Yo ni siquiera como pan, amaso el pan para otro, para otros. Es mi ofrenda, mi celebración. Quizás nunca vuelva a amasar un pan así, con esa placidez que no necesita ninguna cosa, con la cabeza perdida en la levadura, el esfuerzo físico y la Aurora de dedos de rosa cantada por Homero. Pero, como dice ese poema terrible de Carlos Drummond de Andrade: “De todo queda un poco (…) A veces un botón. A veces una rata”.
Sentía una exaltación infantil, boba, porque era una exaltación que venía de ninguna parte, venía sin motivo
