A Bob Dylan varios artistas le han comparado con Picasso y casi todos lo hicieron para recordar que, más allá de sus logros comerciales y su presencia en momentos históricos fascinantes de la música popular del siglo XX, se le estudiará como músico y letrista dentro de un siglo, tal y como se hace ahora con Beethoven o Mozart. Uno de ellos era Leonard Cohen, quien dijo que el premio Nobel de Literatura concedido al autor de ‘Like a Rolling Stone’ era como “ponerle una medalla al Everest” y, antes de recibir ese galardón literario que ningún músico ha conseguido, afirmó que un artista como él surge “cada dos o tres siglos”. Por eso, toda aproximación a una figura tan vasta e influyente siempre parecerá insuficiente, más aún cuando ese ser, de nombre real Robert Allen Zimmerman, aprendió desde bien joven a convertirse en enigmático. A ser una pura incógnita. Porque, si hay algo que a veces puede atraer más que la obra de Dylan, es su leyenda. Todo lo que él mejor que nadie se ha encargado de fomentar desde que llegó a un Nueva York nevado en enero de 1961 con la esperanza de ver a su ídolo, el gigantesco Woody Guthrie.
A Bob Dylan varios artistas le han comparado con Picasso y casi todos lo hicieron para recordar que, más allá de sus logros comerciales y su presencia en momentos históricos fascinantes de la música popular del siglo XX, se le estudiará como músico y letrista dentro de un siglo, tal y como se hace ahora con Beethoven o Mozart. Uno de ellos era Leonard Cohen, quien dijo que el premio Nobel de Literatura concedido al autor de ‘Like a Rolling Stone’ era como “ponerle una medalla al Everest” y, antes de recibir ese galardón literario que ningún músico ha conseguido, afirmó que un artista como él surge “cada dos o tres siglos”. Por eso, toda aproximación a una figura tan vasta e influyente siempre parecerá insuficiente, más aún cuando ese ser, de nombre real Robert Allen Zimmerman, aprendió desde bien joven a convertirse en enigmático. A ser una pura incógnita. Porque, si hay algo que a veces puede atraer más que la obra de Dylan, es su leyenda. Todo lo que él mejor que nadie se ha encargado de fomentar desde que llegó a un Nueva York nevado en enero de 1961 con la esperanza de ver a su ídolo, el gigantesco Woody Guthrie. Seguir leyendo
A Bob Dylan varios artistas le han comparado con Picasso y casi todos lo hicieron para recordar que, más allá de sus logros comerciales y su presencia en momentos históricos fascinantes de la música popular del siglo XX, se le estudiará como músico y letrista dentro de un siglo, tal y como se hace ahora con Beethoven o Mozart. Uno de ellos era Leonard Cohen, quien dijo que el premio Nobel de Literatura concedido al autor de ‘Like a Rolling Stone’ era como “ponerle una medalla al Everest” y, antes de recibir ese galardón literario que ningún músico ha conseguido, afirmó que un artista como él surge “cada dos o tres siglos”. Por eso, toda aproximación a una figura tan vasta e influyente siempre parecerá insuficiente, más aún cuando ese ser, de nombre real Robert Allen Zimmerman, aprendió desde bien joven a convertirse en enigmático. A ser una pura incógnita. Porque, si hay algo que a veces puede atraer más que la obra de Dylan, es su leyenda. Todo lo que él mejor que nadie se ha encargado de fomentar desde que llegó a un Nueva York nevado en enero de 1961 con la esperanza de ver a su ídolo, el gigantesco Woody Guthrie.
