Dice Daniel Samoilovich en un texto en el que se ocupa de su poética que escribe para escuchar él mismo “cómo suena un asunto”. No como se lo cuentan los demás, ni como se lo encuentra en la vida o entre los libros y los periódicos, sino cómo le suena precisamente a él al escribirlo, al procurar entenderlo, al intentar asirlo. Un poco antes explica que “el poeta nunca sabe del todo lo que quiere, para averiguarlo es que escribe, y para averiguarlo mejor es que sigue escribiendo”. Samoilovich está tratando de su oficio de poeta, pero cuanto apunta bien podría servir también para cualquier literato, incluso para cualquier plumilla que está redactando una crónica o afanándose con una columna. Cómo suena un asunto, he ahí la cuestión. En otro momento se refiere a su trabajo en estos términos: “un poema debe empezar in media res, debe arrancar, no comenzar, arrancarse a sí mismo de la nada convencido de que quiere existir, y aun de que es necesario que exista; esto último es evidentemente una barbaridad, un error, un pecado originario, en el sentido de que sin esa petulancia original el poema no podría existir”.
En su último libro, Daniel Samoilovich reunió sus apuntes sobre arte y poesía, un esfuerzo casi siempre vano que no tendría sentido sin la petulancia
Dice Daniel Samoilovich en un texto en el que se ocupa de su poética que escribe para escuchar él mismo “cómo suena un asunto”. No como se lo cuentan los demás, ni como se lo encuentra en la vida o entre los libros y los periódicos, sino cómo le suena precisamente a él al escribirlo, al procurar entenderlo, al intentar asirlo. Un poco antes explica que “el poeta nunca sabe del todo lo que quiere, para averiguarlo es que escribe, y para averiguarlo mejor es que sigue escribiendo”. Samoilovich está tratando de su oficio de poeta, pero cuanto apunta bien podría servir también para cualquier literato, incluso para cualquier plumilla que está redactando una crónica o afanándose con una columna. Cómo suena un asunto, he ahí la cuestión. En otro momento se refiere a su trabajo en estos términos: “un poema debe empezar in media res, debe arrancar, no comenzar, arrancarse a sí mismo de la nada convencido de que quiere existir, y aun de que es necesario que exista; esto último es evidentemente una barbaridad, un error, un pecado originario, en el sentido de que sin esa petulancia original el poema no podría existir”.
EL PAÍS
