El verano es, para mí, la estación de la relectura. Durante el resto del año, por lo general, no la practico. Releer es como volver a pasear con un autor querido, sabiendo que irá unos pasos por delante y que, al doblar la esquina, te sorprenderá con un ¡cucú! Hay una alegría lúdica en esa emboscada, en descubrir que la sorpresa se renueva porque ya no soy la misma persona que lo leyó por primera vez. No es el texto el que envejece, sino nosotros, que nos reescribimos. Nada demuestra mejor la naturaleza personal de la lectura que volver a un libro de la juventud y sentir que se comporta como un espejo: pone en duda nuestra concepción lineal del tiempo, que quizá se mueve más como el viento y solo se revela al soplar sobre una nube de polvo. Además, es una forma de medir el tiempo interior, y el verano es la temporada perfecta para sincronizar nuestro reloj íntimo con el de un libro de antaño.
Aprovechando los largos días del tiempo estival, coger un libro que ya hemos leído puede ser una buena oportunidad para encontrarnos con aquellos que fuimos
El verano es, para mí, la estación de la relectura. Durante el resto del año, por lo general, no la practico. Releer es como volver a pasear con un autor querido, sabiendo que irá unos pasos por delante y que, al doblar la esquina, te sorprenderá con un ¡cucú! Hay una alegría lúdica en esa emboscada, en descubrir que la sorpresa se renueva porque ya no soy la misma persona que lo leyó por primera vez. No es el texto el que envejece, sino nosotros, que nos reescribimos. Nada demuestra mejor la naturaleza personal de la lectura que volver a un libro de la juventud y sentir que se comporta como un espejo: pone en duda nuestra concepción lineal del tiempo, que quizá se mueve más como el viento y solo se revela al soplar sobre una nube de polvo. Además, es una forma de medir el tiempo interior, y el verano es la temporada perfecta para sincronizar nuestro reloj íntimo con el de un libro de antaño.
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