
Se libró Mozart de la estatuofobia que recorrió Occidente en 2020. Ninguno de sus monumentos fue vandalizado a cuenta del racismo de La flauta mágica o de los excesos orientalistas de El rapto en el serrallo. Quizá porque su Fígaro contribuyó como pocos personajes operísticos a abolir los privilegios de clase. O porque el clima y el tiempo ya se habían aliado primero para oscurecer la piel de bronce del compositor en su memorial de la Mozartplatz de Salzburgo. Allí, en la ciudad natal del genio, los fastos de su 270º aniversario han cobrado, de pronto, tintes de novela negra. Por culpa, precisamente, de unas estatuas.

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Se libró Mozart de la estatuofobia que recorrió Occidente en 2020. Ninguno de sus monumentos fue vandalizado a cuenta del racismo de La flauta mágica o de los excesos orientalistas de El rapto en el serrallo. Quizá porque su Fígaro contribuyó como pocos personajes operísticos a abolir los privilegios de clase. O porque el clima y el tiempo ya se habían aliado primero para oscurecer la piel de bronce del compositor en su memorial de la Mozartplatz de Salzburgo. Allí, en la ciudad natal del genio, los fastos de su 270º aniversario han cobrado, de pronto, tintes de novela negra. Por culpa, precisamente, de unas estatuas.

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