En la primavera de 2000, mientras terminaba su carrera de psicología en la Universidad de Viena, Alexander Batthyany recibió una llamada inusual de su madre. Acababa de hablar por teléfono con la abuela de Batthyany. “No sé qué pasó, pero deberías llamarla”, le dijo su madre. “De alguna manera, ha vuelto”. Batthyany estaba confundido: su abuela, que vivía en un asilo de ancianos en Suiza, tenía demencia vascular y, durante el último año, apenas había podido hablar, y mucho menos levantar el teléfono e iniciar una conversación, como su madre afirmaba que acababa de ocurrir.
A pesar de dudar de lo que contaba su madre, Batthyany sin embargo dijo que llamaría. Marcó el número de su abuela. Cuando ella contestó, usó el alemán refinado y elegante que él recordaba que hablaba en su infancia. Atónito, sintió el impulso de gritar: ¡Pero si puedes hablar!
Su abuela lo saludó con afecto. Le dijo que en los últimos meses no había sido realmente ella misma. Había estado, dijo, “muy, muy, muy cansada”.
Al escuchar la voz de su abuela, los recuerdos regresaron a Batthyany, destellos de cosas que hacían juntos cuando él era niño: caminatas por los Alpes, viajes de esquí en St. Moritz, una visita al famoso teatro de marionetas de Ginebra. Su abuela lo recordaba todo. Durante 10 minutos, evocaron el pasado en lo que Batthyany llamó “la conversación más encantadora”. Casi en susurros, su abuela le dijo: “Trajiste mucha alegría a nuestras vidas”. Esta era su abuela —dulce, atenta, cálida— la misma que él conoció antes de que ella enfermara. Pero al terminar la llamada, sintió bajo la alegría una dolorosa certeza: que esta conversación sería la última. Varios días después, su abuela murió.
La conversación siguió siendo, en palabras de Batthyany, “una experiencia personal inexplicable”, hasta que un día en 2009 se topó con un artículo en The Journal of Near-Death Studies, un medio académico para la discusión de fenómenos relacionados con la muerte que no tienen una explicación científica inmediata. El artículo, escrito por un biólogo y parapsicólogo alemán llamado Michael Nahm, llamaba la atención sobre los informes de una claridad mental inesperada en personas gravemente enfermas. Existían evidencias de tales eventos que se remontaban a la Antigüedad, pero el fenómeno había sido olvidado en gran medida desde el siglo XIX.
Nahm lo llamaba “lucidez terminal”. En su investigación, se había topado con muchos casos notables, entre ellos el de una mujer de 26 años, Anna Katharina Ehmer, que murió en un hospital psiquiátrico alemán en 1922. Según los registros, Ehmer nunca había aprendido a hablar, pero, de acuerdo con el relato de dos testigos, pasó la última media hora de su vida en la cama cantando himnos. Nahm descubrió que un comportamiento similar, aparentemente imposible, se había observado en personas con demencia, tumores, trastornos neurológicos, abscesos “del tamaño de un huevo de gallina” y muchas otras formas de enfermedades devastadoras del cerebro.
Batthyany comprendió de inmediato de que Nahm estaba describiendo lo que ocurrió con su abuela, y que él no podía ser el único que había vivido una experiencia así. Como psicólogo, comenzó a interesarse por el impacto que estos episodios podrían tener en quienes los presenciaban. Trabajó con colegas para enviar encuestas, buscando casos de la era moderna. Pronto había recopilado más de 60 testimonios, la mayoría relacionados con personas que vivían con demencia. Una y otra vez, los encuestados de Batthyany describían a personas mayores que de repente extendían la mano para tomar la de un ser querido; pedían perdón por errores del pasado; daban las gracias; o simplemente parecían, a través de un cambio en su mirada, volver a estar presentes.
En 2014, los hallazgos iniciales de Batthyany se presentaron en la conferencia anual de la Asociación Internacional para el Estudio de las Experiencias Cercanas a la Muerte (IANDS, por sus siglas en inglés). Un artículo que salió después de la conferencia llamó la atención de Basil Eldadah, funcionario de programas en el Instituto Nacional sobre el Envejecimiento (NIA, por su sigla en inglés), una división de los Institutos Nacionales de la Salud. Eldadah tenía un antiguo interés personal en la ciencia de la conciencia humana, que se remontaba a sus días como médico residente; seguía la literatura neurocientífica y estaba al tanto de las investigaciones sobre fenómenos poco comprendidos como las experiencias cercanas a la muerte. Para Eldadah, la lucidez terminal era particularmente intrigante porque se manifestaba en personas con demencia, una de las poblaciones en las que se enfocaba en su trabajo en la rama de geriatría del NIA.
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En la primavera de 2000, mientras terminaba su carrera de psicología en la Universidad de Viena, Alexander Batthyany recibió una llamada inusual de su madre. Acababa de hablar por teléfono con la abuela de Batthyany. “No sé qué pasó, pero deberías llamarla”, le dijo su madre. “De alguna manera, ha vuelto”. Batthyany estaba confundido: su abuela, que vivía en un asilo de ancianos en Suiza, tenía demencia vascular y, durante el último año, apenas había podido hablar, y mucho menos levantar el teléfono e iniciar una conversación, como su madre afirmaba que acababa de ocurrir.
A pesar de dudar de lo que contaba su madre, Batthyany sin embargo dijo que llamaría. Marcó el número de su abuela. Cuando ella contestó, usó el alemán refinado y elegante que él recordaba que hablaba en su infancia. Atónito, sintió el impulso de gritar: ¡Pero si puedes hablar!
Su abuela lo saludó con afecto. Le dijo que en los últimos meses no había sido realmente ella misma. Había estado, dijo, “muy, muy, muy cansada”.
Al escuchar la voz de su abuela, los recuerdos regresaron a Batthyany, destellos de cosas que hacían juntos cuando él era niño: caminatas por los Alpes, viajes de esquí en St. Moritz, una visita al famoso teatro de marionetas de Ginebra. Su abuela lo recordaba todo. Durante 10 minutos, evocaron el pasado en lo que Batthyany llamó “la conversación más encantadora”. Casi en susurros, su abuela le dijo: “Trajiste mucha alegría a nuestras vidas”. Esta era su abuela —dulce, atenta, cálida— la misma que él conoció antes de que ella enfermara. Pero al terminar la llamada, sintió bajo la alegría una dolorosa certeza: que esta conversación sería la última. Varios días después, su abuela murió.
La conversación siguió siendo, en palabras de Batthyany, “una experiencia personal inexplicable”, hasta que un día en 2009 se topó con un artículo en The Journal of Near-Death Studies, un medio académico para la discusión de fenómenos relacionados con la muerte que no tienen una explicación científica inmediata. El artículo, escrito por un biólogo y parapsicólogo alemán llamado Michael Nahm, llamaba la atención sobre los informes de una claridad mental inesperada en personas gravemente enfermas. Existían evidencias de tales eventos que se remontaban a la Antigüedad, pero el fenómeno había sido olvidado en gran medida desde el siglo XIX.
Nahm lo llamaba “lucidez terminal”. En su investigación, se había topado con muchos casos notables, entre ellos el de una mujer de 26 años, Anna Katharina Ehmer, que murió en un hospital psiquiátrico alemán en 1922. Según los registros, Ehmer nunca había aprendido a hablar, pero, de acuerdo con el relato de dos testigos, pasó la última media hora de su vida en la cama cantando himnos. Nahm descubrió que un comportamiento similar, aparentemente imposible, se había observado en personas con demencia, tumores, trastornos neurológicos, abscesos “del tamaño de un huevo de gallina” y muchas otras formas de enfermedades devastadoras del cerebro.
Batthyany comprendió de inmediato de que Nahm estaba describiendo lo que ocurrió con su abuela, y que él no podía ser el único que había vivido una experiencia así. Como psicólogo, comenzó a interesarse por el impacto que estos episodios podrían tener en quienes los presenciaban. Trabajó con colegas para enviar encuestas, buscando casos de la era moderna. Pronto había recopilado más de 60 testimonios, la mayoría relacionados con personas que vivían con demencia. Una y otra vez, los encuestados de Batthyany describían a personas mayores que de repente extendían la mano para tomar la de un ser querido; pedían perdón por errores del pasado; daban las gracias; o simplemente parecían, a través de un cambio en su mirada, volver a estar presentes.
En 2014, los hallazgos iniciales de Batthyany se presentaron en la conferencia anual de la Asociación Internacional para el Estudio de las Experiencias Cercanas a la Muerte (IANDS, por sus siglas en inglés). Un artículo que salió después de la conferencia llamó la atención de Basil Eldadah, funcionario de programas en el Instituto Nacional sobre el Envejecimiento (NIA, por su sigla en inglés), una división de los Institutos Nacionales de la Salud. Eldadah tenía un antiguo interés personal en la ciencia de la conciencia humana, que se remontaba a sus días como médico residente; seguía la literatura neurocientífica y estaba al tanto de las investigaciones sobre fenómenos poco comprendidos como las experiencias cercanas a la muerte. Para Eldadah, la lucidez terminal era particularmente intrigante porque se manifestaba en personas con demencia, una de las poblaciones en las que se enfocaba en su trabajo en la rama de geriatría del NIA.
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