Es cierto que en noches tórridas como las que estamos teniendo después de un buen revolcón apetece un chorro de agua fría pero, ¿quién se mete corriendo en la ducha después de follar? La expresión usada por el muy ocurrente Miguel Ángel Rodríguez arroja una experiencia muy concreta que él debe de creer universal, pero dista mucho de ser representativa. Demasiada información sobre su propia intimidad, que dirían los americanos. Es lo que tiene hablar o escribir sobre el follar, que es imposible hacerlo sin exponerse uno. En mi imaginario sexual, saltar apresuradamente de la cama a la ducha en lo que tarda un espermatozoide en entrar en un óvulo es algo que se hace en muy contadas ocasiones y por razones muy concretas. Lo normal, cuando te quedas a gusto y estás en ese estado beatífico e ingrávido que es el orgasmo ralentizando sus ondas, ese trance, ese colocón que no necesita drogas ni descargas eléctricas, en ese momento en lo último en lo que piensas es en agua y jabón. Estoy segura de que los mejores poemas de la historia de la literatura se escribieron antes o después de esos instantes. Antes por el anhelo feroz. Después porque la satisfacción y el asombro ante lo maravilloso de la experiencia llenan incluso el corazón del más cínico de gratitud y un amor que lo desborda todo. Por eso hay tantas personas que se enamoran follando y tantas otras que necesitan no permanecer ni un instante en ese tiempo de “después de” para no correr el riesgo de que el sexo se convierta en algo más.
EL PAÍS
Es cierto que en noches tórridas como las que estamos teniendo después de un buen revolcón apetece un chorro de agua fría pero, ¿quién se mete corriendo en la ducha después de follar? La expresión usada por el muy ocurrente Miguel Ángel Rodríguez arroja una experiencia muy concreta que él debe de creer universal, pero dista mucho de ser representativa. Demasiada información sobre su propia intimidad, que dirían los americanos. Es lo que tiene hablar o escribir sobre el follar, que es imposible hacerlo sin exponerse uno. En mi imaginario sexual, saltar apresuradamente de la cama a la ducha en lo que tarda un espermatozoide en entrar en un óvulo es algo que se hace en muy contadas ocasiones y por razones muy concretas. Lo normal, cuando te quedas a gusto y estás en ese estado beatífico e ingrávido que es el orgasmo ralentizando sus ondas, ese trance, ese colocón que no necesita drogas ni descargas eléctricas, en ese momento en lo último en lo que piensas es en agua y jabón. Estoy segura de que los mejores poemas de la historia de la literatura se escribieron antes o después de esos instantes. Antes por el anhelo feroz. Después porque la satisfacción y el asombro ante lo maravilloso de la experiencia llenan incluso el corazón del más cínico de gratitud y un amor que lo desborda todo. Por eso hay tantas personas que se enamoran follando y tantas otras que necesitan no permanecer ni un instante en ese tiempo de “después de” para no correr el riesgo de que el sexo se convierta en algo más.
La expresión usada por el muy ocurrente jefe de Gabinete de Isabel Díaz Ayuso arroja una experiencia muy concreta que dista mucho de ser representativa
