Durante décadas, la fortuna de Ismael “El Mayo” Zambada fue descrita como una cifra inmensa, aunque nadie puede afirmar con certeza cuánto dinero acumuló realmente. Ahora que una corte de Estados Unidos ordenó el decomiso de bienes hasta por 15 mil millones de dólares y el Gobierno de México analiza si puede reclamar una parte de esos recursos, vuelve la misma pregunta: ¿es esa toda la riqueza del capo o apenas una fracción de un patrimonio imposible de medir?
El dinero del líder del Cártel de Sinaloa nunca permaneció inmóvil. Durante más de 40 años circuló por bancos, inversiones, propiedades, sociedades mercantiles y prestanombres. En ese recorrido dejó de tener rostro. Se mezcló con capitales legales hasta perder cualquier rastro de su origen.
Resulta difícil imaginar que una organización de ese tamaño hubiera operado sin sembrar recursos en cientos, quizá miles, de empresas constituidas en distintas regiones del país. En muchos casos, incluso es posible que quienes recibieron esas inversiones jamás supieran quién estaba detrás del dinero que impulsó un negocio, financió una expansión o evitó una quiebra.
La influencia tampoco habría quedado limitada al sector privado. El flujo de recursos ilícitos alcanzó campañas políticas de distintos colores, patrocinó estructuras locales y encontró espacios donde el dinero era bienvenido sin demasiadas preguntas. En un país donde durante décadas el efectivo circuló con escasos controles, tampoco resulta descabellado pensar que instituciones religiosas, organizaciones civiles y proyectos comunitarios terminaran beneficiándose, directa o indirectamente, de recursos cuyo origen desconocían.
Por eso, hablar hoy de una fortuna de 15 mil millones de dólares quizá sirva para dimensionar el poder económico de «El Mayo», pero difícilmente para definirlo. Si algo caracterizó al narcotráfico fue su capacidad para infiltrarse en la economía nacional hasta volver casi imposible distinguir dónde terminaba el dinero legal y dónde comenzaba el dinero del crimen.
[#content_wordai]
Durante décadas, la fortuna de Ismael “El Mayo” Zambada fue descrita como una cifra inmensa, aunque nadie puede afirmar con certeza cuánto dinero acumuló realmente. Ahora que una corte de Estados Unidos ordenó el decomiso de bienes hasta por 15 mil millones de dólares y el Gobierno de México analiza si puede reclamar una parte de esos recursos, vuelve la misma pregunta: ¿es esa toda la riqueza del capo o apenas una fracción de un patrimonio imposible de medir?
El dinero del líder del Cártel de Sinaloa nunca permaneció inmóvil. Durante más de 40 años circuló por bancos, inversiones, propiedades, sociedades mercantiles y prestanombres. En ese recorrido dejó de tener rostro. Se mezcló con capitales legales hasta perder cualquier rastro de su origen.
Resulta difícil imaginar que una organización de ese tamaño hubiera operado sin sembrar recursos en cientos, quizá miles, de empresas constituidas en distintas regiones del país. En muchos casos, incluso es posible que quienes recibieron esas inversiones jamás supieran quién estaba detrás del dinero que impulsó un negocio, financió una expansión o evitó una quiebra.
La influencia tampoco habría quedado limitada al sector privado. El flujo de recursos ilícitos alcanzó campañas políticas de distintos colores, patrocinó estructuras locales y encontró espacios donde el dinero era bienvenido sin demasiadas preguntas. En un país donde durante décadas el efectivo circuló con escasos controles, tampoco resulta descabellado pensar que instituciones religiosas, organizaciones civiles y proyectos comunitarios terminaran beneficiándose, directa o indirectamente, de recursos cuyo origen desconocían.
Por eso, hablar hoy de una fortuna de 15 mil millones de dólares quizá sirva para dimensionar el poder económico de «El Mayo», pero difícilmente para definirlo. Si algo caracterizó al narcotráfico fue su capacidad para infiltrarse en la economía nacional hasta volver casi imposible distinguir dónde terminaba el dinero legal y dónde comenzaba el dinero del crimen.
Diario MX
