Esto es todo lo que queda del edificio OPPE26, un complejo de viviendas densamente poblado en Venezuela.
Antes lucían como estos otros edificios, que, de alguna manera, se mantuvieron en pie después de los dos terremotos.
En las tardes cálidas del verano, los niños jugaban al baloncesto en esta cancha. Esa estrella descolorida es el símbolo del partido socialista en el poder.
Ahora, los vehículos blancos de los servicios de emergencia salpican la imagen de la devastación, y el ruido de excavaciones se oye por todas partes.
Un hombre encontró los cuerpos de su esposa y su hija entre estos escombros, y luego veló sus restos por dos días.
Aún nadie sabe cuántos sobrevivieron y cuántos murieron. Pero ya tenían preparadas las bolsas negras para los cuerpos.
Estaba claro que una catástrofe había azotado la ciudad portuaria de La Guaira. Cuando me adentré a pie para evaluar la situación al día siguiente de que dos terremotos consecutivos sacudieran Venezuela la semana pasada, me encontré con una enorme montaña de escombros donde antes se erigían bloques de pisos.
“No”, me dijo un rescatista voluntario. “Esta es solo la primera montaña. Hay más”.
Pero la destrucción era tan grande y el terreno estaba tan plano que era imposible encontrar un punto alto desde el cual ver la extensión del desastre. Solo cuando, unos días más tarde, empezaron a aparecer las imágenes desde drones, como la que ves arriba y otras similares, fue posible darse una idea —y aun así, solo parcialmente— de lo que había pasado.
OPPE26 era un conjunto de torres de vivienda social que se construyeron hace años durante el gobierno de Hugo Chávez. Da la casualidad de que muchos de sus residentes se mudaron allí después de que perdieran sus hogares en los terribles deslaves de 1999.
Ahora, se cree que La Guaira ha sufrido los peores daños tras los terremotos. Y dada la concentración de gente que vivía ahí, muchos piensan que el edificio OPPE26 terminará por ser una de las mayores tragedias.
Cuando llegué por primera vez al lugar, se respiraba un ambiente lúgubre.
Con poca ayuda de equipos de rescate externos y sin maquinaria pesada, los únicos sonidos provenían de las herramientas sencillas que los vecinos usaban para desenterrar a sus seres queridos entre los escombros. Sacaban los cuerpos y los ponían en el suelo, a menudo cubiertos con mantas.
Un hombre con el que hablé, Oswaldo Tovar, de 45 años, había usado un martillo pequeño para cavar un agujero lo suficientemente grande como para encontrar los restos de su esposa y su hija. Pero no pudo sacarlas. Se quedó allí sentado con ellas mientras hablábamos, a la espera de que llegara la ayuda.
Tovar dijo que su esposa se llamaba Ivonne LaDera y que tenía 46 años. Su hija, dijo, tenía 8. Le pregunté cómo se llamaba, pero no pudo responderme.
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Esto es todo lo que queda del edificio OPPE26, un complejo de viviendas densamente poblado en Venezuela.
Antes lucían como estos otros edificios, que, de alguna manera, se mantuvieron en pie después de los dos terremotos.
En las tardes cálidas del verano, los niños jugaban al baloncesto en esta cancha. Esa estrella descolorida es el símbolo del partido socialista en el poder.
Ahora, los vehículos blancos de los servicios de emergencia salpican la imagen de la devastación, y el ruido de excavaciones se oye por todas partes.
Un hombre encontró los cuerpos de su esposa y su hija entre estos escombros, y luego veló sus restos por dos días.
Aún nadie sabe cuántos sobrevivieron y cuántos murieron. Pero ya tenían preparadas las bolsas negras para los cuerpos.
Estaba claro que una catástrofe había azotado la ciudad portuaria de La Guaira. Cuando me adentré a pie para evaluar la situación al día siguiente de que dos terremotos consecutivos sacudieran Venezuela la semana pasada, me encontré con una enorme montaña de escombros donde antes se erigían bloques de pisos.
“No”, me dijo un rescatista voluntario. “Esta es solo la primera montaña. Hay más”.
Pero la destrucción era tan grande y el terreno estaba tan plano que era imposible encontrar un punto alto desde el cual ver la extensión del desastre. Solo cuando, unos días más tarde, empezaron a aparecer las imágenes desde drones, como la que ves arriba y otras similares, fue posible darse una idea —y aun así, solo parcialmente— de lo que había pasado.
OPPE26 era un conjunto de torres de vivienda social que se construyeron hace años durante el gobierno de Hugo Chávez. Da la casualidad de que muchos de sus residentes se mudaron allí después de que perdieran sus hogares en los terribles deslaves de 1999.
Ahora, se cree que La Guaira ha sufrido los peores daños tras los terremotos. Y dada la concentración de gente que vivía ahí, muchos piensan que el edificio OPPE26 terminará por ser una de las mayores tragedias.
Cuando llegué por primera vez al lugar, se respiraba un ambiente lúgubre.
Con poca ayuda de equipos de rescate externos y sin maquinaria pesada, los únicos sonidos provenían de las herramientas sencillas que los vecinos usaban para desenterrar a sus seres queridos entre los escombros. Sacaban los cuerpos y los ponían en el suelo, a menudo cubiertos con mantas.
Un hombre con el que hablé, Oswaldo Tovar, de 45 años, había usado un martillo pequeño para cavar un agujero lo suficientemente grande como para encontrar los restos de su esposa y su hija. Pero no pudo sacarlas. Se quedó allí sentado con ellas mientras hablábamos, a la espera de que llegara la ayuda.
Tovar dijo que su esposa se llamaba Ivonne LaDera y que tenía 46 años. Su hija, dijo, tenía 8. Le pregunté cómo se llamaba, pero no pudo responderme.
Diario MX
