Decía Epicuro que “vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre”. En un tiempo en el que hemos vuelto a la filosofía griega en busca de una psicología de la autoayuda o un falso neoestoicismo, el hedonismo epicúreo es una palabra terapéutica para sentirse bien. Sin embargo, esa palabra fue reducida ya desde la antigüedad, en especial en Roma, a la caricatura. Poco ayudó el epicúreo Horacio al encontrar la felicidad en los placeres de la aurea mediocritas, el carpe diem o el beatus ille; de poco sirvió la genialidad del romano Lucrecio en su deslumbrante De rerum natura; menos todavía Dante al condenarlo al sexto círculo del Infierno por negar la inmortalidad el alma; e imposibles fueron los intentos de Erasmo de cristianizar a Epicuro o la lengua vibrante de Quevedo para salvar la filosofía de aquel que decía: “Escupo sobre lo bello moral y sobre los que vanamente lo admiran cuando no produce ningún placer”. La nómina de sus apologistas posteriores no ayudó demasiado porque fueron filósofos bajo sospecha: el utilitarista John Stuart Mill, el materialista Marx, el nihilista Nietzsche… La filosofía de Epicuro fue siempre sentida como una peligrosa invitación a los placeres del vientre, al goce sensual, al egoísmo apolítico, a la sexualidad desatada o la despreocupación hedonista. Nada más alejado del filósofo que hacia el 306 a.C. fundó el Jardín, hoy en una calle deslucida de fachadas envejecidas y destartaladas de Atenas, aunque con unas vistas conmovedoras de la Acrópolis, pero en donde cuesta imaginar el jardín convertido hace dos mil años en un locus amoenus de amistad y vida compartida.
Decía Epicuro que “vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre”. En un tiempo en el que hemos vuelto a la filosofía griega en busca de una psicología de la autoayuda o un falso neoestoicismo, el hedonismo epicúreo es una palabra terapéutica para sentirse bien. Sin embargo, esa palabra fue reducida ya desde la antigüedad, en especial en Roma, a la caricatura. Poco ayudó el epicúreo Horacio al encontrar la felicidad en los placeres de la aurea mediocritas, el carpe diem o el beatus ille; de poco sirvió la genialidad del romano Lucrecio en su deslumbrante De rerum natura; menos todavía Dante al condenarlo al sexto círculo del Infierno por negar la inmortalidad el alma; e imposibles fueron los intentos de Erasmo de cristianizar a Epicuro o la lengua vibrante de Quevedo para salvar la filosofía de aquel que decía: “Escupo sobre lo bello moral y sobre los que vanamente lo admiran cuando no produce ningún placer”. La nómina de sus apologistas posteriores no ayudó demasiado porque fueron filósofos bajo sospecha: el utilitarista John Stuart Mill, el materialista Marx, el nihilista Nietzsche… La filosofía de Epicuro fue siempre sentida como una peligrosa invitación a los placeres del vientre, al goce sensual, al egoísmo apolítico, a la sexualidad desatada o la despreocupación hedonista. Nada más alejado del filósofo que hacia el 306 a.C. fundó el Jardín, hoy en una calle deslucida de fachadas envejecidas y destartaladas de Atenas, aunque con unas vistas conmovedoras de la Acrópolis, pero en donde cuesta imaginar el jardín convertido hace dos mil años en un locus amoenus de amistad y vida compartida. Seguir leyendo
Decía Epicuro que “vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre”. En un tiempo en el que hemos vuelto a la filosofía griega en busca de una psicología de la autoayuda o un falso neoestoicismo, el hedonismo epicúreo es una palabra terapéutica para sentirse bien. Sin embargo, esa palabra fue reducida ya desde la antigüedad, en especial en Roma, a la caricatura. Poco ayudó el epicúreo Horacio al encontrar la felicidad en los placeres de la aurea mediocritas, el carpe diem o el beatus ille; de poco sirvió la genialidad del romano Lucrecio en su deslumbrante De rerum natura; menos todavía Dante al condenarlo al sexto círculo del Infierno por negar la inmortalidad el alma; e imposibles fueron los intentos de Erasmo de cristianizar a Epicuro o la lengua vibrante de Quevedo para salvar la filosofía de aquel que decía: “Escupo sobre lo bello moral y sobre los que vanamente lo admiran cuando no produce ningún placer”. La nómina de sus apologistas posteriores no ayudó demasiado porque fueron filósofos bajo sospecha: el utilitarista John Stuart Mill, el materialista Marx, el nihilista Nietzsche… La filosofía de Epicuro fue siempre sentida como una peligrosa invitación a los placeres del vientre, al goce sensual, al egoísmo apolítico, a la sexualidad desatada o la despreocupación hedonista. Nada más alejado del filósofo que hacia el 306 a.C. fundó el Jardín, hoy en una calle deslucida de fachadas envejecidas y destartaladas de Atenas, aunque con unas vistas conmovedoras de la Acrópolis, pero en donde cuesta imaginar el jardín convertido hace dos mil años en un locus amoenus de amistad y vida compartida.
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