Con un altar dedicado a 27 personas, familiares y sobrevivientes de la Guerra Sucia recordaron a quienes murieron sin que se resolvieran sus demandas de justicia y a quienes, denunciaron, fueron asesinados por agentes del Estado. La conmemoración por el Día de Muertos también fue un llamado a esclarecer las desapariciones que mantienen en búsqueda a las familias, informó Judith Galarza Campos, presidenta de FEDEFAM–México.
La representante de la asociación de familiares de detenidos desaparecidos y sobrevivientes de la Guerra Sucia de México señaló que el homenaje incluyó a integrantes de movimientos sociales, madres que buscaron a sus hijos y compañeros fallecidos después de años de denuncia. Afirmó que, en los casos que acompaña la agrupación, no han conseguido que los responsables reciban castigo.
“Se nos están yendo muchos, aquí, como ves, y no han escuchado nada. Ellos que se han ido pensando en que no hay justicia”, expresó Galarza. Entre las demandas que mantienen, enumeró conocer el paradero de sus familiares, llevar a juicio a los responsables, obtener una disculpa institucional y contar con casas de la memoria en el país.
El homenaje tuvo lugar en la oficina de la organización ubicada en la colonia Partido Romero. Sobre una estructura cubierta con tela roja se colocaron retratos y semblanzas, además de pan, tamales, fruta, calabazas, vasos con agua y veladoras. El papel picado y las flores de cempasúchil rodearon las imágenes, mientras otras fichas con nombres e historias ocuparon las paredes y ventanas, según lo observado en el lugar.
Galarza explicó que las fotografías corresponden a personas fallecidas y que todavía faltan muchas por incorporar. Hizo una distinción respecto de sus familiares desaparecidos, a quienes no incluyen como difuntos porque desconocen su destino. “Nosotros no los damos por muertos, los damos por vivos”, afirmó; para las familias, agregó, cualquier información sobre su muerte debe esclarecer quién fue responsable, dónde ocurrió y cuándo.
Entre las imágenes se encontraba la de Josefina Campos González, madre de María Leticia Galarza Campos y fundadora del Comité Independiente de Chihuahua prodefensa de los Derechos Humanos, de acuerdo con la semblanza exhibida. También hubo un recuerdo del periodista Rubén Villalpando, a quien Galarza reconoció por el apoyo a la difusión de sus denuncias.
La dirigente dijo que reconoce avances en el acceso a información, aunque considera que la impunidad persiste. Como parte del trabajo con la Fiscalía General de la República, relató que la semana pasada recibió por primera vez el expediente de su hermana, integrado por cinco tomos y mil 800 fojas, cuya revisión apenas inició.
Galarza sostuvo que la persecución, el encarcelamiento y la tortura que padecieron integrantes de estas familias alteraron su vida y dejaron consecuencias que no terminan con una reparación económica. “Las familias tienen como un tatuaje de tortura, de persecución que no se puede dimensionar”, expresó al hablar de los efectos que aún identifican en su entorno.
Para Rosa María Montoya Ortiz, colaboradora de la agrupación, esas consecuencias se reflejaron durante años en el miedo a participar en organizaciones o hablar públicamente de su hermana. Relató que ella era originaria de esta ciudad, perteneció a la Liga Comunista 23 de Septiembre y fue asesinada el 1 de septiembre de 1977 en la Ciudad de México, en un hecho que atribuyó a agentes federales.
Antes de su muerte, su hermana pasó dos años en prisión y la familia quedó bajo vigilancia de la Dirección Federal de Seguridad, aseguró Montoya. Dijo que observaban quién entraba y salía de la cárcel, irrumpían en su vivienda e intervenían los teléfonos para saber si se comunicaba con ellos después de recuperar la libertad y reincorporarse a la organización.
“Nosotros hacíamos bromas de que podían hacer cualquier cosa con nosotros, menos robarnos, porque teníamos a la policía ahí encima”, recordó Montoya. Explicó que detrás de esas bromas había temor por la presencia de agentes en las esquinas y por las incursiones en su casa, una experiencia que, dijo, marcó a los tres hermanos y a sus padres.
La noticia de la muerte de su hermana dejó a su padre un día entero en cama entre lágrimas, relató. Después tuvo que recuperar el cuerpo y trasladarlo desde la Ciudad de México a esta frontera, donde fue sepultado en el Recinto de la Oración. Montoya recordó que su hermana era dos años mayor que ella y que ambas mantuvieron una relación cercana.
El miedo continuó después del sepelio, añadió, porque su hermana había dejado un hijo en esta ciudad. Montoya dijo que evitó buscarlo ante el temor de que le hicieran daño y que la familia pasó cuatro años sin reencontrarse con él, hasta que quienes estaban con el niño los localizaron. Ese pendiente se sumó al duelo, explicó.
“Ella vive en mi casa. Ella vive en la familia”, expresó Montoya sobre la presencia de su hermana en la vida de sus hijas. Contó que una de ellas se le parece y que el dolor también estrechó los vínculos familiares. Durante la mañana de la conmemoración visitó su tumba, donde, dijo, volvió a conversar con ella.
Montoya señaló que, con el tiempo, comenzó a recuperar fotografías y a participar en acciones para preservar su historia. Logró que corrigieran el apellido de su hermana en registros donde aparecía equivocado y contó con apoyo de compañeros que elaboraron un video sobre ella. “Mucho tiempo no lo hicimos, pero más que nada era por miedo”, explicó.
La recuperación de esas historias forma parte del trabajo que la asociación busca fortalecer, indicó Galarza. La organización reúne a unas 30 personas, algunas fuera de la ciudad, y distribuye tareas de investigación, denuncia y representación. Añadió que mantiene coordinación nacional desde la década de los ochenta y presencia en lugares como Oaxaca, Guadalajara y la Ciudad de México.
El altar corresponde aproximadamente a la décima ocasión en que realizan este homenaje, aunque las ediciones han sido intermitentes y en distintos espacios, precisó Galarza. Con la oficina buscan dar continuidad a la recuperación de fotografías, testimonios y semblanzas para que las nuevas generaciones conozcan las trayectorias de quienes aparecen en ellas.
Montoya añadió que esa labor también llega a estudiantes mediante encuentros, libros y relatos sobre lo que vivieron las familias. Para ella, compartir su experiencia es parte del compromiso que mantiene con su hermana; “mientras yo pueda voy a defender su memoria”, expresó. “Voy a manifestar todo lo que vivimos y todo lo que vivió ella”.
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Con un altar dedicado a 27 personas, familiares y sobrevivientes de la Guerra Sucia recordaron a quienes murieron sin que se resolvieran sus demandas de justicia y a quienes, denunciaron, fueron asesinados por agentes del Estado. La conmemoración por el Día de Muertos también fue un llamado a esclarecer las desapariciones que mantienen en búsqueda a las familias, informó Judith Galarza Campos, presidenta de FEDEFAM–México.
La representante de la asociación de familiares de detenidos desaparecidos y sobrevivientes de la Guerra Sucia de México señaló que el homenaje incluyó a integrantes de movimientos sociales, madres que buscaron a sus hijos y compañeros fallecidos después de años de denuncia. Afirmó que, en los casos que acompaña la agrupación, no han conseguido que los responsables reciban castigo.
“Se nos están yendo muchos, aquí, como ves, y no han escuchado nada. Ellos que se han ido pensando en que no hay justicia”, expresó Galarza. Entre las demandas que mantienen, enumeró conocer el paradero de sus familiares, llevar a juicio a los responsables, obtener una disculpa institucional y contar con casas de la memoria en el país.
El homenaje tuvo lugar en la oficina de la organización ubicada en la colonia Partido Romero. Sobre una estructura cubierta con tela roja se colocaron retratos y semblanzas, además de pan, tamales, fruta, calabazas, vasos con agua y veladoras. El papel picado y las flores de cempasúchil rodearon las imágenes, mientras otras fichas con nombres e historias ocuparon las paredes y ventanas, según lo observado en el lugar.
Galarza explicó que las fotografías corresponden a personas fallecidas y que todavía faltan muchas por incorporar. Hizo una distinción respecto de sus familiares desaparecidos, a quienes no incluyen como difuntos porque desconocen su destino. “Nosotros no los damos por muertos, los damos por vivos”, afirmó; para las familias, agregó, cualquier información sobre su muerte debe esclarecer quién fue responsable, dónde ocurrió y cuándo.
Entre las imágenes se encontraba la de Josefina Campos González, madre de María Leticia Galarza Campos y fundadora del Comité Independiente de Chihuahua prodefensa de los Derechos Humanos, de acuerdo con la semblanza exhibida. También hubo un recuerdo del periodista Rubén Villalpando, a quien Galarza reconoció por el apoyo a la difusión de sus denuncias.
La dirigente dijo que reconoce avances en el acceso a información, aunque considera que la impunidad persiste. Como parte del trabajo con la Fiscalía General de la República, relató que la semana pasada recibió por primera vez el expediente de su hermana, integrado por cinco tomos y mil 800 fojas, cuya revisión apenas inició.
Galarza sostuvo que la persecución, el encarcelamiento y la tortura que padecieron integrantes de estas familias alteraron su vida y dejaron consecuencias que no terminan con una reparación económica. “Las familias tienen como un tatuaje de tortura, de persecución que no se puede dimensionar”, expresó al hablar de los efectos que aún identifican en su entorno.
Para Rosa María Montoya Ortiz, colaboradora de la agrupación, esas consecuencias se reflejaron durante años en el miedo a participar en organizaciones o hablar públicamente de su hermana. Relató que ella era originaria de esta ciudad, perteneció a la Liga Comunista 23 de Septiembre y fue asesinada el 1 de septiembre de 1977 en la Ciudad de México, en un hecho que atribuyó a agentes federales.
Antes de su muerte, su hermana pasó dos años en prisión y la familia quedó bajo vigilancia de la Dirección Federal de Seguridad, aseguró Montoya. Dijo que observaban quién entraba y salía de la cárcel, irrumpían en su vivienda e intervenían los teléfonos para saber si se comunicaba con ellos después de recuperar la libertad y reincorporarse a la organización.
“Nosotros hacíamos bromas de que podían hacer cualquier cosa con nosotros, menos robarnos, porque teníamos a la policía ahí encima”, recordó Montoya. Explicó que detrás de esas bromas había temor por la presencia de agentes en las esquinas y por las incursiones en su casa, una experiencia que, dijo, marcó a los tres hermanos y a sus padres.
La noticia de la muerte de su hermana dejó a su padre un día entero en cama entre lágrimas, relató. Después tuvo que recuperar el cuerpo y trasladarlo desde la Ciudad de México a esta frontera, donde fue sepultado en el Recinto de la Oración. Montoya recordó que su hermana era dos años mayor que ella y que ambas mantuvieron una relación cercana.
El miedo continuó después del sepelio, añadió, porque su hermana había dejado un hijo en esta ciudad. Montoya dijo que evitó buscarlo ante el temor de que le hicieran daño y que la familia pasó cuatro años sin reencontrarse con él, hasta que quienes estaban con el niño los localizaron. Ese pendiente se sumó al duelo, explicó.
“Ella vive en mi casa. Ella vive en la familia”, expresó Montoya sobre la presencia de su hermana en la vida de sus hijas. Contó que una de ellas se le parece y que el dolor también estrechó los vínculos familiares. Durante la mañana de la conmemoración visitó su tumba, donde, dijo, volvió a conversar con ella.
Montoya señaló que, con el tiempo, comenzó a recuperar fotografías y a participar en acciones para preservar su historia. Logró que corrigieran el apellido de su hermana en registros donde aparecía equivocado y contó con apoyo de compañeros que elaboraron un video sobre ella. “Mucho tiempo no lo hicimos, pero más que nada era por miedo”, explicó.
La recuperación de esas historias forma parte del trabajo que la asociación busca fortalecer, indicó Galarza. La organización reúne a unas 30 personas, algunas fuera de la ciudad, y distribuye tareas de investigación, denuncia y representación. Añadió que mantiene coordinación nacional desde la década de los ochenta y presencia en lugares como Oaxaca, Guadalajara y la Ciudad de México.
El altar corresponde aproximadamente a la décima ocasión en que realizan este homenaje, aunque las ediciones han sido intermitentes y en distintos espacios, precisó Galarza. Con la oficina buscan dar continuidad a la recuperación de fotografías, testimonios y semblanzas para que las nuevas generaciones conozcan las trayectorias de quienes aparecen en ellas.
Montoya añadió que esa labor también llega a estudiantes mediante encuentros, libros y relatos sobre lo que vivieron las familias. Para ella, compartir su experiencia es parte del compromiso que mantiene con su hermana; “mientras yo pueda voy a defender su memoria”, expresó. “Voy a manifestar todo lo que vivimos y todo lo que vivió ella”.
Diario MX
