Chihuahua, Chih.- Mientras muchos jóvenes aún buscan qué rumbo tomar en la vida, Cynthia Janeth Ortiz Rodríguez ya encontró el suyo. Tiene apenas 18 años, una carrera técnica industrial y un mundo entero por delante, pero asegura que su verdadera pasión no está entre máquinas ni oficinas: está en el silencio de una sala de preparación, en el respeto hacia los fallecidos y en ayudar a las familias a despedirse de quienes aman.
Con una serenidad poco común para su edad, Cynthia habla de la muerte sin miedo. Lo hace con respeto, con sensibilidad y hasta con una extraña paz que sorprende a cualquiera que la escucha. Desde hace aproximadamente seis meses trabaja en una funeraria, donde descubrió que el embalsamamiento no solo es una profesión, sino un arte humano que le llena el espíritu.
“Es algo maravilloso poder trabajar con el cuerpo humano. Saber que eres parte del último adiós de una persona y que ayudas a que una familia pueda despedirse dignamente de su ser querido”, relata.
Lejos de ver su trabajo como algo frío o aterrador, la joven lo describe como una vocación profundamente humana. Para ella, cada cuerpo representa una historia, una familia y un momento delicado donde el respeto debe ser absoluto.
“Lo importante es que las personas puedan recordar a su familiar de una mejor manera, saber que se le dio un trato digno y que descansará en paz, dependiendo de las creencias de cada quien”, comenta.
Cynthia reconoce que muchas personas le dicen que tiene “sangre pesada” para soportar un trabajo tan difícil. Sin embargo, asegura que no se trata de dureza, sino de amor por lo que hace y de una capacidad emocional que ha ido desarrollando.
Aunque confiesa que el trabajo puede ser emocionalmente fuerte, hay algo que todavía le rompe el corazón: preparar el cuerpo de un menor de edad.
“Eso sí es difícil… ver a un pequeño que tenía mucha vida por delante y que por alguna razón ya no podrá seguir. Eso es lo que realmente me pesa”, expresa con la voz entrecortada.
Antes de encontrar su lugar en el mundo funerario, Cynthia intentó estudiar ingeniería industrial. Incluso obtuvo una carrera técnica en esa área, pero admite que nunca se sintió feliz.
“Tenía la capacidad y podía hacerlo bien, pero no era lo mío. No me sentía plena”, recuerda.
Todo cambió el día que preparó su primer cuerpo.
“Fue algo maravilloso. Sentí que era un mundo totalmente distinto y entendí que no cualquiera puede hacerlo. Ahí dije: esto es lo mío”.
La decisión de dedicarse al embalsamamiento nació de manera inesperada. Antes soñaba con ser aeromoza o sobrecargo, pero el miedo de su madre a verla viajar lejos cambió el rumbo de su vida. Un día, su padre le envió un video de un embalsamador de Ciudad de México. Cynthia quedó fascinada.
“Empecé a investigar, a buscar escuelas, cursos y lugares donde pudiera aprender. Toqué muchas puertas para practicar y en muchos lados me dijeron que no”.
Finalmente llegó a una funeraria donde le dieron la oportunidad que tanto esperaba. Recuerda perfectamente su primera experiencia frente a un cuerpo con necropsia.
“Fue una emoción muy fuerte. No sentí miedo ni impresión. Era como un niño con juguete nuevo. Solo quería aprender más y más”.
Hoy, Cynthia asegura sentirse feliz y segura de haber encontrado su verdadera vocación. Su meta es seguir capacitándose y certificándose para ofrecer el mejor servicio posible a las familias que depositan su confianza en ella durante uno de los momentos más dolorosos de sus vidas.
“Siempre voy a tratar de estar lo más preparada posible. Las familias nos entregan algo muy importante y uno debe estar capacitado para apoyarlas”.
Con apenas 18 años, Cynthia rompe estigmas alrededor de una profesión poco comprendida. Mientras muchos huyen de la muerte, ella decidió enfrentarla con respeto, sensibilidad y entrega. Y aunque su historia puede parecer inusual para algunos, para ella todo tiene sentido.
“Mi mamá dice que nací para esto… y yo creo que sí”.
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Chihuahua, Chih.- Mientras muchos jóvenes aún buscan qué rumbo tomar en la vida, Cynthia Janeth Ortiz Rodríguez ya encontró el suyo. Tiene apenas 18 años, una carrera técnica industrial y un mundo entero por delante, pero asegura que su verdadera pasión no está entre máquinas ni oficinas: está en el silencio de una sala de preparación, en el respeto hacia los fallecidos y en ayudar a las familias a despedirse de quienes aman.
Con una serenidad poco común para su edad, Cynthia habla de la muerte sin miedo. Lo hace con respeto, con sensibilidad y hasta con una extraña paz que sorprende a cualquiera que la escucha. Desde hace aproximadamente seis meses trabaja en una funeraria, donde descubrió que el embalsamamiento no solo es una profesión, sino un arte humano que le llena el espíritu.
“Es algo maravilloso poder trabajar con el cuerpo humano. Saber que eres parte del último adiós de una persona y que ayudas a que una familia pueda despedirse dignamente de su ser querido”, relata.
Lejos de ver su trabajo como algo frío o aterrador, la joven lo describe como una vocación profundamente humana. Para ella, cada cuerpo representa una historia, una familia y un momento delicado donde el respeto debe ser absoluto.
“Lo importante es que las personas puedan recordar a su familiar de una mejor manera, saber que se le dio un trato digno y que descansará en paz, dependiendo de las creencias de cada quien”, comenta.
Cynthia reconoce que muchas personas le dicen que tiene “sangre pesada” para soportar un trabajo tan difícil. Sin embargo, asegura que no se trata de dureza, sino de amor por lo que hace y de una capacidad emocional que ha ido desarrollando.
Aunque confiesa que el trabajo puede ser emocionalmente fuerte, hay algo que todavía le rompe el corazón: preparar el cuerpo de un menor de edad.
“Eso sí es difícil… ver a un pequeño que tenía mucha vida por delante y que por alguna razón ya no podrá seguir. Eso es lo que realmente me pesa”, expresa con la voz entrecortada.
Antes de encontrar su lugar en el mundo funerario, Cynthia intentó estudiar ingeniería industrial. Incluso obtuvo una carrera técnica en esa área, pero admite que nunca se sintió feliz.
“Tenía la capacidad y podía hacerlo bien, pero no era lo mío. No me sentía plena”, recuerda.
Todo cambió el día que preparó su primer cuerpo.
“Fue algo maravilloso. Sentí que era un mundo totalmente distinto y entendí que no cualquiera puede hacerlo. Ahí dije: esto es lo mío”.
La decisión de dedicarse al embalsamamiento nació de manera inesperada. Antes soñaba con ser aeromoza o sobrecargo, pero el miedo de su madre a verla viajar lejos cambió el rumbo de su vida. Un día, su padre le envió un video de un embalsamador de Ciudad de México. Cynthia quedó fascinada.
“Empecé a investigar, a buscar escuelas, cursos y lugares donde pudiera aprender. Toqué muchas puertas para practicar y en muchos lados me dijeron que no”.
Finalmente llegó a una funeraria donde le dieron la oportunidad que tanto esperaba. Recuerda perfectamente su primera experiencia frente a un cuerpo con necropsia.
“Fue una emoción muy fuerte. No sentí miedo ni impresión. Era como un niño con juguete nuevo. Solo quería aprender más y más”.
Hoy, Cynthia asegura sentirse feliz y segura de haber encontrado su verdadera vocación. Su meta es seguir capacitándose y certificándose para ofrecer el mejor servicio posible a las familias que depositan su confianza en ella durante uno de los momentos más dolorosos de sus vidas.
“Siempre voy a tratar de estar lo más preparada posible. Las familias nos entregan algo muy importante y uno debe estar capacitado para apoyarlas”.
Con apenas 18 años, Cynthia rompe estigmas alrededor de una profesión poco comprendida. Mientras muchos huyen de la muerte, ella decidió enfrentarla con respeto, sensibilidad y entrega. Y aunque su historia puede parecer inusual para algunos, para ella todo tiene sentido.
“Mi mamá dice que nací para esto… y yo creo que sí”.
Diario MX
