Sobre todo por la persistencia de la Iglesia Católica en mantener privilegios y poder político tras la Independencia, resistiéndose a los distintos esfuerzos por secularizar el País, como se discutió este lunes en el arranque del Coloquio Virtual A Cien Años del Inicio de la Guerra Cristera, organizado por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM).
«La Iglesia siempre se opuso a que estuviera el Estado secularizado porque ellos querían formar parte del Estado, sin que el Estado se metiera en su reglamentación.
«Ésta es una fórmula que les funcionó mucho tiempo», expuso la académica de la UNAM.
«El problema de los Gobiernos es separar el dogma y los intereses de un cuerpo, que es la Iglesia, de la libertad que cada quien tiene de profesar la religión que quiera () Eso ha sido la gran tarea nuestra, y en eso consiste ser laico».
Es decir, sí propiciar que haya libertad de creencia y respeto para los fieles de cada dogma; «pero ninguna religión tiene derecho a meterse a la cosa pública, y menos con la historia que ya tenemos de la religión católica que siempre le ha dado la espalda al pueblo», remarcó Gómez Álvarez.
Pese a ello, dicho pueblo ha fungido como un tercer actor en la disputa entre la Iglesia y el Estado, reaccionando en consecuencia a la secularización, tal como lo ejemplificó en el coloquio Raúl González Lezama, historiador e investigador del INEHRM, al hablar de la epidemia de cólera de 1833.
Ésta fue interpretada por la población como un «castigo divino» por las reformas de Valentín Gómez Farías en contra de la Iglesia. Además del pánico y la xenofobia contra los boticarios extranjeros -acusados de envenenar pozos y acaparar los remedios-, la prohibición gubernamental de enterrar cadáveres en los templos por razones sanitarias provocó motines en los que la gente robaba los cuerpos de los cementerios civiles para darles sepultura en tierra consagrada.
Ya hacia el Porfiriato, la interacción entre el clero, el Gobierno y la sociedad católica mantuvo una constante tensión entre el cumplimiento y la omisión de la norma, a decir de la historiadora Cecilia Bautista García, quien también formó parte del coloquio; «el tránsito a una noción secularizada del poder político no fue algo sencillo», señaló la académica de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
En ese periodo, la Iglesia diseñó proyectos pastorales llamando a su comunidad a organizarse para asumir las obras sociales y educativas que las leyes impedían manejar directamente al clero. Todo esto supuso un fortalecimiento en materia social, organizativa y hasta electoral, contra el que la Constitución de 1917 actuaría directamente.
«El (proceso) constituyente del 17 fue bastante jacobino, y le quitó todos los derechos políticos a los miembros de la Iglesia; no podían ni votar ni ser votados», resaltó Gómez Álvarez, enfática en cuanto a que el clero siempre veló por sus intereses materiales y nunca tuvo un programa de reforma social en favor de los más desposeídos; «ni hoy en día lo tiene, por favor».
«En esta lucha, el alto clero abandonó a la población, a la que primero animó a que tomara las armas y luego las abandonó, y pactó finalmente con el Gobierno», continuó la especialista. «El clero mexicano, afirmo, fue, es y seguirá siendo profundamente conservador».
Esta primera mesa, que fue moderada por Reveriano Sierra, así como el resto de actividades del coloquio virtual por el centenario de la Guerra Cristera, que inició el 3 de agosto de 1926, se puede consultar en la cuenta de YouTube @CanalINEHRM.
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Sobre todo por la persistencia de la Iglesia Católica en mantener privilegios y poder político tras la Independencia, resistiéndose a los distintos esfuerzos por secularizar el País, como se discutió este lunes en el arranque del Coloquio Virtual A Cien Años del Inicio de la Guerra Cristera, organizado por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM).
«La Iglesia siempre se opuso a que estuviera el Estado secularizado porque ellos querían formar parte del Estado, sin que el Estado se metiera en su reglamentación.
«Ésta es una fórmula que les funcionó mucho tiempo», expuso la académica de la UNAM.
«El problema de los Gobiernos es separar el dogma y los intereses de un cuerpo, que es la Iglesia, de la libertad que cada quien tiene de profesar la religión que quiera () Eso ha sido la gran tarea nuestra, y en eso consiste ser laico».
Es decir, sí propiciar que haya libertad de creencia y respeto para los fieles de cada dogma; «pero ninguna religión tiene derecho a meterse a la cosa pública, y menos con la historia que ya tenemos de la religión católica que siempre le ha dado la espalda al pueblo», remarcó Gómez Álvarez.
Pese a ello, dicho pueblo ha fungido como un tercer actor en la disputa entre la Iglesia y el Estado, reaccionando en consecuencia a la secularización, tal como lo ejemplificó en el coloquio Raúl González Lezama, historiador e investigador del INEHRM, al hablar de la epidemia de cólera de 1833.
Ésta fue interpretada por la población como un «castigo divino» por las reformas de Valentín Gómez Farías en contra de la Iglesia. Además del pánico y la xenofobia contra los boticarios extranjeros -acusados de envenenar pozos y acaparar los remedios-, la prohibición gubernamental de enterrar cadáveres en los templos por razones sanitarias provocó motines en los que la gente robaba los cuerpos de los cementerios civiles para darles sepultura en tierra consagrada.
Ya hacia el Porfiriato, la interacción entre el clero, el Gobierno y la sociedad católica mantuvo una constante tensión entre el cumplimiento y la omisión de la norma, a decir de la historiadora Cecilia Bautista García, quien también formó parte del coloquio; «el tránsito a una noción secularizada del poder político no fue algo sencillo», señaló la académica de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
En ese periodo, la Iglesia diseñó proyectos pastorales llamando a su comunidad a organizarse para asumir las obras sociales y educativas que las leyes impedían manejar directamente al clero. Todo esto supuso un fortalecimiento en materia social, organizativa y hasta electoral, contra el que la Constitución de 1917 actuaría directamente.
«El (proceso) constituyente del 17 fue bastante jacobino, y le quitó todos los derechos políticos a los miembros de la Iglesia; no podían ni votar ni ser votados», resaltó Gómez Álvarez, enfática en cuanto a que el clero siempre veló por sus intereses materiales y nunca tuvo un programa de reforma social en favor de los más desposeídos; «ni hoy en día lo tiene, por favor».
«En esta lucha, el alto clero abandonó a la población, a la que primero animó a que tomara las armas y luego las abandonó, y pactó finalmente con el Gobierno», continuó la especialista. «El clero mexicano, afirmo, fue, es y seguirá siendo profundamente conservador».
Esta primera mesa, que fue moderada por Reveriano Sierra, así como el resto de actividades del coloquio virtual por el centenario de la Guerra Cristera, que inició el 3 de agosto de 1926, se puede consultar en la cuenta de YouTube @CanalINEHRM.
Diario MX
