Hace años, paseando sin rumbo fijo por Varsovia, descubrí la descomunal estatua del compositor Frédéric Chopin. Su mano elegantísima se encuentra suspendida en el aire mientras toca un piano invisible. De su cabeza parecen salir notas fundidas en bronce que se transforman en las ramas de un árbol terrorífico, pues por detrás parece una segunda mano gigantesca salida de la mente del músico.
EL PAÍS
Hace años, paseando sin rumbo fijo por Varsovia, descubrí la descomunal estatua del compositor Frédéric Chopin. Su mano elegantísima se encuentra suspendida en el aire mientras toca un piano invisible. De su cabeza parecen salir notas fundidas en bronce que se transforman en las ramas de un árbol terrorífico, pues por detrás parece una segunda mano gigantesca salida de la mente del músico.
Hace años, paseando sin rumbo fijo por Varsovia, descubrí la descomunal estatua del compositor Frédéric Chopin. Su mano elegantísima se encuentra suspendida en el aire mientras toca un piano invisible. De su cabeza parecen salir notas fundidas en bronce que se transforman en las ramas de un árbol terrorífico, pues por detrás parece una segunda mano gigantesca salida de la mente del músico. Seguir leyendo
