Cuidar de una liebre no figuraba en ninguno de sus planes. Al inicio de la pandemia, Chloe Dalton abandonó Londres y se refugió en un antiguo granero del norte de Inglaterra que llevaba años rehabilitando y apenas utilizaba, convencida de que aquella vida campestre solo duraría unas semanas. Hasta que un día encontró un lebrato en medio de un camino: oscuro, diminuto e inmóvil, expuesto a los depredadores y a las ruedas de cualquier vehículo. Decidió no tocarlo, convencida de que la madre regresaría. Horas después, el animal seguía en el mismo sitio. Preocupada, decidió llevárselo a casa. “Pesaba cien gramos, menos que una manzana”, recordaba Dalton a mediados de julio, durante un paseo por St James’s Park con un café latte en la mano, bajo la luz indecisa del verano londinense y rodeada de ardillas que correteaban entre los árboles.
Cuidar de una liebre no figuraba en ninguno de sus planes. Al inicio de la pandemia, Chloe Dalton abandonó Londres y se refugió en un antiguo granero del norte de Inglaterra que llevaba años rehabilitando y apenas utilizaba, convencida de que aquella vida campestre solo duraría unas semanas. Hasta que un día encontró un lebrato en medio de un camino: oscuro, diminuto e inmóvil, expuesto a los depredadores y a las ruedas de cualquier vehículo. Decidió no tocarlo, convencida de que la madre regresaría. Horas después, el animal seguía en el mismo sitio. Preocupada, decidió llevárselo a casa. “Pesaba cien gramos, menos que una manzana”, recordaba Dalton a mediados de julio, durante un paseo por St James’s Park con un café latte en la mano, bajo la luz indecisa del verano londinense y rodeada de ardillas que correteaban entre los árboles. Seguir leyendo
Cuidar de una liebre no figuraba en ninguno de sus planes. Al inicio de la pandemia, Chloe Dalton abandonó Londres y se refugió en un antiguo granero del norte de Inglaterra que llevaba años rehabilitando y apenas utilizaba, convencida de que aquella vida campestre solo duraría unas semanas. Hasta que un día encontró un lebrato en medio de un camino: oscuro, diminuto e inmóvil, expuesto a los depredadores y a las ruedas de cualquier vehículo. Decidió no tocarlo, convencida de que la madre regresaría. Horas después, el animal seguía en el mismo sitio. Preocupada, decidió llevárselo a casa. “Pesaba cien gramos, menos que una manzana”, recordaba Dalton a mediados de julio, durante un paseo por St James’s Park con un café latte en la mano, bajo la luz indecisa del verano londinense y rodeada de ardillas que correteaban entre los árboles.
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