Mi cuerpo no tiene arreglo. Pasan los años y, más que un anciano tranquilo, corro el peligro de convertirme en un viejo verde. No contento con ese riesgo, mi cuerpo se llena de sorpresas una y otra vez. Salgo de una reunión de trabajo, discuto en una mesa en la que se han sentado el miedo, el odio, la nostalgia y el resentimiento, bajo hasta la calle y me encuentro en la esquina con un hombre que le pega una paliza a una mujer, empujones, puñetazos y patadas. Como vivimos en un mundo acostumbrado a la brutalidad, una renovada brutalidad, pienso que no es mi problema, cosas así ocurren todos los días en todas partes. Dejo de mirar y sigo el camino que lleva a mi casa. Un paso, dos pasos, tres pasos, el mundo es un globo que se me escapó. Pero mi maldito cuerpo es una caja de sorpresas y cuando me siento delante del televisor noto que el ojo derecho se está hinchando, tengo el labio partido, me sangra la nariz rota y me duele el costado de forma intolerable. ¿Por qué yo, si a mí no me han pegado?
Mi cuerpo no tiene arreglo. Pasan los años y, más que un anciano tranquilo, corro el peligro de convertirme en un viejo verde. No contento con ese riesgo, mi cuerpo se llena de sorpresas una y otra vez. Salgo de una reunión de trabajo, discuto en una mesa en la que se han sentado el miedo, el odio, la nostalgia y el resentimiento, bajo hasta la calle y me encuentro en la esquina con un hombre que le pega una paliza a una mujer, empujones, puñetazos y patadas. Como vivimos en un mundo acostumbrado a la brutalidad, una renovada brutalidad, pienso que no es mi problema, cosas así ocurren todos los días en todas partes. Dejo de mirar y sigo el camino que lleva a mi casa. Un paso, dos pasos, tres pasos, el mundo es un globo que se me escapó. Pero mi maldito cuerpo es una caja de sorpresas y cuando me siento delante del televisor noto que el ojo derecho se está hinchando, tengo el labio partido, me sangra la nariz rota y me duele el costado de forma intolerable. ¿Por qué yo, si a mí no me han pegado? Seguir leyendo
Mi cuerpo no tiene arreglo. Pasan los años y, más que un anciano tranquilo, corro el peligro de convertirme en un viejo verde. No contento con ese riesgo, mi cuerpo se llena de sorpresas una y otra vez. Salgo de una reunión de trabajo, discuto en una mesa en la que se han sentado el miedo, el odio, la nostalgia y el resentimiento, bajo hasta la calle y me encuentro en la esquina con un hombre que le pega una paliza a una mujer, empujones, puñetazos y patadas. Como vivimos en un mundo acostumbrado a la brutalidad, una renovada brutalidad, pienso que no es mi problema, cosas así ocurren todos los días en todas partes. Dejo de mirar y sigo el camino que lleva a mi casa. Un paso, dos pasos, tres pasos, el mundo es un globo que se me escapó. Pero mi maldito cuerpo es una caja de sorpresas y cuando me siento delante del televisor noto que el ojo derecho se está hinchando, tengo el labio partido, me sangra la nariz rota y me duele el costado de forma intolerable. ¿Por qué yo, si a mí no me han pegado?
